Blogia
Blog de José Luis Correa

Los lectores opinan...

 

Queda abierta la veda para la crítica...

¿Y esta publicidad? Puedes eliminarla si quieres.

480 comentarios

monica moore -

Mi nombre es Anna lucas y solo quiero compartir mi experiencia con todo el mundo. He estado escuchando acerca de esta tarjeta de cajero automático en blanco por un tiempo y nunca realmente pagó ningún interés a ella debido a mis dudas. Hasta que un día descubrí a un tipo de hacking llamado Donard. Él es realmente bueno en lo que está haciendo. De vuelta al punto, me preguntó acerca de la tarjeta de cajero automático en blanco. Si funciona o incluso existe. Me dijeron que sí y que su una tarjeta programada para dinero aleatorio retira sin ser notado y también se puede utilizar para compras en línea gratis de cualquier tipo. Esto fue impactante y todavía tenía mis dudas. Entonces lo intenté y pedimos la tarjeta y accedimos a sus términos y condiciones. Esperando y rezando no era una estafa. 3 días más tarde recibí mi tarjeta y probé con el cajero automático más cercano cerca de mí, funcionó como magia. Yo era capaz de retirar hasta $ 3000 diarios. Esto fue increíble y el día más feliz de mi vida. Hasta ahora he sido capaz de retirar hasta $ 28000 sin ningún estrés de ser atrapado. No sé por qué estoy publicando esto aquí, sólo sentí que esto podría ayudar a aquellos de nosotros en la necesidad de estabilidad financiera. En blanco Atm realmente ha cambiado mi vida. Si desea contactar con ellos, aquí está la dirección de correo electrónico donardmorrisworld27@gmail.com Y creo que también cambiará su vida. Correo electrónico: donardmorrisworld27@gmail.com

Miguel Angel -

Hola:
Soy un fanático de la novela de detectives y es particular de la española, me encanta Ricardo Blanco y Colacho Arteaga, aunque en el volumen que estoy la cosa pinta bastante mal para el abuelo y Ricardo me está contagiando la aungustia de verse solo...espero que su relación con Inés avance, como ves estoy enganchado, muchas gracias por hacer que disfrutemos tanto con las vidas que imaginas,
un saludo

José Luis -

Muchas gracias, Andoni. Me gusta leer eso. Que los lectores se hagan amigos de Ricardo Blanco forma parte del milagro de la literatura...

Andoni Goikoa -

Me hablaron bien de tus novelas y me lance apor la primera , la de 15 días de noviembre creo, y me encanto. Ahora estoy con muerte en abril.
Te puedo asegurar que ha sido un descubrimiento, tu inteligente prosa, tu coñá, tu buen humor, el sabio abuelo y las chicas. Creo que vas por un camino inmejorable ya que la lectura de tus novelas no solo se disfruta, sino se vive y al regarla con tu sentido del humor le das un toque fantástico, creo que tengo kl correa para rato. Gracias por el regalo que nos haces a tus lectores.

José Luis -

Muchísimas gracias, Carmen. Estaremos muy atentos a ese blog. Saludos, JL

Carmen -

Incluiré Blue Christmas en la 3ª Semana de Novela Negra que va a empezar en el blog,.dedicada esta Semana a autores españoles. Qué buen rato estoy pasando con la novela. ¡¡Muchas gracias!!

http://carmenyamigos.blogspot.com.es

José Luis -

Muchas Gracias a ambas. Ya pensaba yo que había perdido la magia. Me gusta que les guste Ricardo Blanco. Ahora acabo de terminar su quinta "aventura" y sí, cada vez es más de la familia.
Creo, Isabel, que las novelas anteriores están en varias librerías. Pero en cualquier caso las pueden pedir porque la distribuidora las tiene...
Un abrazo,
JL

PD.: No sé si les conté que hay un grupo en FB que se llama "A mí también me gusta Ricardo Blanco". Están todos(as) invitados.

Isabel -

Hola, buenas noches Jóse Luis

Hace un par de meses me picó la curiosidad y quise leer algo de lo que has escrito. Y he de decir, que me ha sorprendido muy gratamente, porque nunca me había fijado en la novela negra. Concretamente, leí "Un rastro de sirena" y me quedé absolutamente enganchada con la historia. La forma de en que relatas y tus expresiones me parecen fabulosas, los personajes que utilizas, entre ellos, Ricardo y Colacho son de mis preferidos, se hacen querer. Luego, he querido buscar los anteriores para poder leerlos pero no los encontré, al menos en la biblioteca de mi zona. Ah, también me gustó muchísimo el relato sobre Fabio, creo que es buenísimo y refleja tantas realidades... por momentos me lo podía imaginar en aquella terraza.

Bueno te animo a que sigas haciendo cosas tan buenas para poder disfrutarlas.

Saludos y feliz verano

Isabel.

J L -

Después de algún tiempo, regreso sólo para hacerle saber que su último libro volvió a provocarme el mismo entusiasmo que las viejas historias de Ricardo. Una vez más, ¡felicidades!

José Luis -

Más versos para despedir a la primavera

No puede ser que yo

Piscis noctámbulo

A un parto apenas de la cincuentena

Adorador de Baco pero sólo los viernes

Y de Venus el resto de los días...



No puede ser que yo

Padre baboso

Escritor de terraza

Poeta de higos a brevas

Profesor de didáctica...



No puede ser yo

Adicto a los sudokus del periódico

A sucesos y a esquelas truculentas

Como la que rezaba “A Manolo:

A pesar de todo te queríamos”…



No puede ser que yo

Que corrí el San Fermín en el noventa y nueve

Dos semanas después de que hubiera acabado

Que me bebí un tequila en Veracruz

A la orilla del mar junto a un obispo

Que invité a chispetrén a media Habana

Que me perdí en Lisboa

Y casi me detienen en Boston

Por fumar puros en un banco del parque



No puede ser que yo

coño, carajo,

Aún no sepa quién soy…



José Luis -

Y aprovecho para disculparme por tener este blog tan desatendido. Me han tirado de las orejas ya pero soy un verdadero trasto (los que me conocen usarían otra expresión menos liviana) y no me pongo a ello. Pero prometo enmendarme en esto y en otras tantas cosas...
Les dejo un poema que me suele acompañar desde hace muchos años y viene bien para tomar perspectiva.
Es de Borges y se titula "La lluvia"

Saludos,
JL

Bruscamente la tarde se ha aclarado
Porque ya cae la lluvia minuciosa.
Cae o cayó. La lluvia es una cosa
Que sin duda sucede en el pasado.

Quien la oye caer ha recobrado
El tiempo en que la suerte venturosa
Le reveló una flor llamada rosa
Y el curioso color del colorado.

Esta lluvia que ciega los cristales
Alegrará en perdidos arrabales
Las negras uvas de una parra en cierto

Patio que ya no existe. La mojada
Tarde me trae la voz, la voz deseada,
De mi padre que vuelve y que no ha muerto.


José Luis -

Gracias, María, por tus saludos. Lo de Vicedecano pasó a la historia. Ahora lo que soy es Secretario de mi Departamento. El caso es que siempre paso por allí cuando van a elegir algo y me cogen de pardillo, ja.
Un beso,
JL

María -

Muchas felicidades por tu nombramiento como Vicedecano, a ver si esta nueva trayectoria sea fuente de inspiración para una buena obra. Saludos teacher y un cálido abrazo, una ex-alumna on-line

coach bags -

Gracias por compartir esos artículo! Será útil.*

José luis -

No molestas en absoluto, Esther. El personaje de Casandra es de la buena amiga de este blog Elena Villares. Creo que ella tiene el suyo propio donde da buena cuenta de la protagonista de sus novelas. Temo que en esto no puedo ayudarte mucho.
Saludos,
JL

Esther -

Buenos días señor Correa. Sin ánimo de molestarle, me gustaría saber si el personaje de Casandra va a seguir apareciendo para seguir leyendo sus aventuras. Me tiene enganchada.

Gracias. Un saludo

José Luis -

Cuánto tiempo, Mirna. Me alegra leerte de nuevo. Veo que has venido con fuerza. Menuda lista que te has agenciado. Sí. La novela americana da mucho juego. Y mira qué casualidad: tengo sobre la mesilla un libro de cuentos de Truman Capote. Para sobrevivir al Mundial, ja.
Saludos,JL

Mirna Loy -

Saludos a tod@s, espero que este verano dé como siempre para dedicarnos a esas lecturas que aparcamos durante el resto del año, yo me dedicaré a releer a algunos autores de lo que se ha dado por llamar "la novela americana" y a descubrir otros que me han recomendado o que "me suenan", vaya uno a saber porqué me suenan...
John Updike
Norman Mailler
Don Delillo
David Foster Wallace
Philip Roth
Joyce Carol Oates
Truman Capote
Jack Kerouac. (existen más letras además de "en el camino")
Vladimir Nabokov (por supuesto que existe algo más que su “lolita”)
Faulkner

ISA -

Bueno hombre, yo no creo que sea tímidida sino algo discreta por lo de la cercanía que compartimos durante un tiempo. Ah! en breve me pondré al día con sus libros. Siempre consiguen mi sonrisa y que vuele por esos mundos de Dios. Posiblemente, la semana que viene, mi cabeza coga algo más de tino y pueda leerle. Entre eso y un pizco de deporte pos que a otra cosa mariposa, no? Me alegra muchísimo saber de usted.

josé luis -

Muchas gracias, Isa. Y bienvenida a esta nuestra página. Esta llena de gente curiosa, interesante aunque algo tímida a la hora de escribir, je.

Saludos,
JL

isa -

Hola, hace mucho que no sabía de usted, pero me alegra haberlo encontrado en el ciberespacio y saber de sus éxitos literarios. Es todo un orgullo, enhorabuena.

José Luis -

Muchas gracias, Rocío. Yo también disfruté muchísimo de la velada literaria de hoy.

Saludos,
JL

Rocío -

Buenas tardes. Me llamo Rocío y soy de la Minilla, el instituto que usted acaba de visitar hoy. Quería darle miles de enhorabuenas por su presentación.¡Fue increíble!, su ligereza, extravagancia... Déselas de gran persona, usted ha logrado que gran cantidad de personas se quedaran escuchándole, cuando la mayoría huye de estas "charlas". También, opinar de su libro; escogió una buena opción con la novela policiaca. ¡Se le da estupendo!.
En la presentación, cada palabra que decía, eran palabras hacia la esperanza. Abre el entusiasmo por la lectura y habla de su "hobbie" como algo accesible, algo que cualquier persona puede probar. Pués lo dicho, mis enhorabuenas y espero verle paseando por Magisterio y en la clase que imparte cuando entre en la carrera ¡jajaja! Un saludo.

José Luis -

Gracias, Jero, por tu indicación. Voy a consultarlo con el "webmaster" a ver qué puede hacerse. El sombrero era prestado pero la próxima vez que vaya a Barcelona me haré esa foto.

Saludos,
JL

Pd.: Aprovecho para invitarlos(as) a la Feria del Libro de Las Palmas. El sábado, 24 de abril re-presento "Un rastro de sirena" en la carpa central de 13.30 a 14.00. Media horita breve pero espero que intensa. Nos vemos allí.

Jero -

Hola José Luis, curioso el cambio de imagén, parece que eres de la mafia.
¿Tiene tu webmaster alguna posibilidad de hacer que los últimos mensajes salgan al principio de la página?
Sería interesante y más rápido para acceder a Los lectores opinan. Es solo una sugerencia.
Pd: Una foto en blanco y negro con sombrero y el puro en la boca te quedaría genial.

Jose Diepa -

Muchas gracias por tus recomendaciones.

El Hereje no lo he leído, y ahora es una buena oportunidad.

Un fuerte abrazo.

Por cierto, que me encanta tu web ;-)

José Luis -

Caramba, Diepa. Me encanta tenerte por aquí. Bienvenido.

Yo no recomiendo "5 horas con Mario" y "Los santos inocentes" porque creo que ya lo habrán leído casi todos(as)... Me sabe a redundancia.

Pero sí te (les) diré que dos de las novelas que más me han conmovido en los últimos tiempos han sido "Señora de rojo sobre fondo gris" (de una tristeza bellísima) y "El hereje" (simplemente genial)...

Dicho queda.
Un abrazo,
JL

Pd.: Ni se te ocurra entrar en detalles del viaje a Oporto, que por aquí tengo una reputación que mantener, jajaja.

Jose Diepa -

Estimadísimo José Luis,

¿Qué obra de Delibes nos recomendarías releer para recordarle? ¿Ciprés, Camino, Mario, Señora, Inocentes?

Un abrazo de un compañero de vivencias en Oporto.

José Luis -

Cuánta razón, Pilar. Me pilló la muerte de Delibes en Oporto y la sentí dos veces. Por la ausencia y por la lejanía.


Creo que un buen homenaje sería releer alguna de sus obras.

Saludos,
JL

Pilar -

Hoy otro de los grandes se nos fue. Menudos meses llevamos. Desde mi rincón mando un abrazo de despedida a Miguel Delibes y a su rural sencillez.

José Luis -

Queridos(as):

Parece que el recién nacido va creciendo bien. Me dicen en las librerías que se vende bastante y los amigos me cuentan que lo han visto bien colocados en las estanterías. Esto, que parece una zarandaja, es importante. Ya quisiera ver yo a Stieg Larson al lado del baño como a veces nos colocan a los escritores canarios, jeje.
Quería tan sólo compartir la dicha con ustedes.

Saludos,
JL

Pd.: No sólo mis novelas, ¿eh?, las de los amigos también están cuajando. Ojo a Santiago Gil, Ángeles Jurado, Alexis Ravelo, Alexis Díaz Pimienta, Raúl Argemí... Ya tenemos quorum pa una buena farra...

Elena -

Vaya sorpresa Ojos de Gata. Gracias por tus palabras. Tengo que confesarte que me emocioné.

Gracias José Luis por tu discreción.


Mi dirección:
http://elenavillares.blogspot.com
Te remito a ella donde te regalo unos fragmentos de la novela y las aventuras de nuestra querida Casandra...

Saludos,

Elena

Anónimo -

Espero que la presentación barcelonesa saliese a pedir de boca y que te sintieses contentísimo entre tanto catalán y algún que otro fan canario (imagino). Ese sábado a esa hora te deseé lo mejor.

Abrazo azul

José Luis -

Bueno, Ojos de gata. Creo que Elena tiene un blog por alguna parte donde nos regala con fragmentos de la novela que escribe... Pero no me atrevo a dártelo sin su permiso. Mejor que ella te lo de cuando vuelva a visitarnos...

Saludos,
JL

Ojos de Gata -

Hola Sr. Correa, sé que es su página web, pero quería saber si la comparte con Elena, una escritora que cuelga por aquí parte de su maravillosa obra. Si no es así me gustaría saber si posee página personal para continuar enfrascándome con Cassandra.

Un beso de canela en rama y espuma de limón.

José Luis -

Te agradezco, Andrés, el cumplido. Me alegra (mi ego anda ahora como una sopladera de hinchado) leer eso. Y, qué voy a decirte yo, pero no me parece que seas un ignorante literario, je.

Además, esto es más fácil de lo que dicen por ahí. Se trata de disfrutar, de emocionarte, de vivir, de sentir una hitoria página a página. Si lo consigues con un libro, que nadie te convenza de que es malo. Si no lo consigues, que nadie te venda la moto esa de "la mejor novela después de Galdós".

Un abrazo,
JL

andres -

buenas tardes. don jose luis, me estoy leyendo su ultima novela y me parece magnifica, como todas las suyas. no se si sera porque soy un ignorante literario, pero sus libros me parecen francamente excelentes. es uno de mis escritores preferidos. saludos.

José Luis -

Bueno, al fin bautizamos a la niña nueva. Se llamará, como saben, "Un rastro de sirena". La madrina es Alba Editorial y le haremos dos bautizos al que están todas(os) invitadas(os).


El 6 de febrero será en Barcelona, en la Biblioteca Barceloneta, C/ Comte de Sta Clara. A las 11 de la mañana.

En Las Palmas, el jueves, 18 de febrero, a las 20 hs. en el Club de Prensa Canaria (mi templo de siempre).

La de Las Palmas coincidirá felizmente con la semana de Carnaval. Digo felizmente porque justo en esa semana transcurre la historia de la novela. ¿Conexión estelar? ¿Azar?

Pues eso. Los espero allí.

Saludos,
JL

José Luis -

Hemos sobrevivido a la navidad, que no es poco...

Feliz año a todos(as). Este 2010 parece que empieza bien a pesar de (¿o será gracias a?) las nieves. Por lo pronto tenemos nueva novela en ciernes. La tienen ya en la página junto con sus hermanas mayores y me dicen que en las librerías estará para el día 20 de enero o así. La presentaremos en Barcelona el 6 de febrero y, a la vuelta, aún no sé cuándo ni dónde, en Las Palmas. Espero que puedan asistir. Pero sobre todo que puedan y quieran leerla y les guste, claro, que si no no tiene gracia...

Saludos posnavideños,
JL

José Luis -

Quiero aprovechar que andamos todos en un reflexivo silencio para desearles una feliz navidad y que el año 2010 sea el más venturoso para ustedes y quienes los rodean.

Yo lo empiezo con novela nueva, como ya les dije. Y con propósito, además de bajar unos kilos y hacer más deporte y dejar el vicio, de acabar la que tengo entre manos. Cuando pasen las fiestas les mandaré un fragmento...

Un abrazo sincero,
JL

Elena -

...
Me suicidé hace dieciséis años. En un tiempo más que suficiente para que usted me haya olvidado, Delmar, o al menos para que se hubiera desdibujado en parte la nitidez de mi recuerdo....

Así comienza esta inclasificable novela, que relata la sofisticada venganza tramada por un criminal contra el policía que lo encerró.

¿Es posible dirigir una vida ajena hacia el fracaso y el desastre emocional a través de un plan minuciosamente ejecutado durante años?

La venganza más terrible es la que nos persigue después de la muerte.

Su título "Esta noche moriré" y su autor, mi buen amigo Fernando Marías, que en ciento cuarenta y dos páginas, teje minuciosamente toda la trama...

Ha sido reeditada y se las recomiendo vivamente.


Y un evento especial.
El próximo jueves 10 de diciembre a las ocho de la tarde, mi amiga y mejor escritora Marisol Llano, presentará en la Sala de Ámbito Cultural de El Corte Inglés, su libro de relatos "Palabras para un asesino".


Saludos muy literarios,

Elena

Elena -


Hola, les voy a regalar a los lectores de este blog, el comienzo de la novela que estoy escribiendo. Se desarrolla íntegramente en Alemania.

Es de género negro, aunque el principio no lo parezca.

...

Alejandro y yo terminamos pronto y decidimos darnos un respiro. Las últimas jornadas en el Congreso sobre Derecho Penal, que habían organizado conjuntamente la Universidad de Colonia con diversas Universidades Europeas, entre las que se encontraba la de Las Palmas de Gran Canaria, habían sido bastantes espesas. Tanto Código Penal Alemán, que por cierto era el padrenuestro del Código Penal Español y de eso sabemos un rato los abogados, tenía que confesar que ya estaba aburrida. Sin embargo, cuando mi amigo el juez me ofreció asistir como ponente para impartir unas charlas a los estudiantes de esta universidad alemana, al principio me emocioné porque daba un salto en mi carrera como abogada, porque participaría con los alumnos mis experiencias en la “Violencia de género”, que ese era el tema de mis conferencias y porque además, compartiría con Alejandro una experiencia inolvidable.

Pero todavía no había movimiento. No, el juez se hacía de rogar y comenzaba a dudar si realmente él tenía algún interés en mí. Desde el pasado mes de octubre, cuando me encontraba en Santiago de Compostela terminando de investigar el caso de la muerte del director de la Agencia de Medio Ambiente, hasta este mes mayo, sólo habíamos compartido bastantes desayunos, alguna que otra cena muy aislada, me había dicho escasas palabras bonitas y cariñosas, robado, eso sí, algunos besos, pero no habíamos compartido ni cama ni sexo y ya era preocupante. Y recordé una frase que él me había dicho en una de nuestras citas y que me tenía totalmente obsesionada: Te prometo una noche por la que valdrá la pena esperar.

Mi ausencia en estos pensamientos se vio interrumpida cuando Alejandro y yo tuvimos que despedirnos de los demás colegas, procedentes de diferentes ciudades de Europa: París, Londres, Ámsterdam, Madrid, Barcelona, Roma, Berlín y nos emplazamos para el día siguiente.

Llegamos al hotel y quedamos para cenar: “No tardes Casandra, que siempre tengo que esperar por ti”, dijo Alejandro. El DORINT AN DER MESSE KÖLN era un hotel embriagador. Estaba muy cerca del recinto ferial de Colonia y de toda la zona de copas. Días atrás, en una tarde que acabó el congreso más temprano que de costumbre, tuve la ocasión de dar un garbeo por los alrededores de la Catedral. Mi amigo y yo nos adentramos en la jungla de la ciudad. Colonia tenía vida, mucha vida. Lo primero que hicimos fue visitar la famosa Catedral, Patrimonio de la Humanidad. Cuando entré, el corazón me dio un vuelco. Era impresionante. Cogí de la mano a Alejandro, no se asustó, raro en él y nos dirigimos hacia el fondo. Nos habían dicho que en dicha Catedral se guardaban las cenizas de los famosos tres Reyes Magos y quisimos ver, de primera mano, el cofre dorado.

Bajé al comedor y cuando llegué ya el juez me esperaba. Como un resorte se levantó de la silla, eso sí, era demasiado cortés y esos detalles me encantaban pero, a veces, sobre todo en la intimidad debía ser más lanzado. “Ya, imagino que más de un lector se preguntará por qué no lo hacía yo, ya que la timidez de él no lo dejaba actuar y les respondo diciendo que no lo había hecho porque la paciencia es la mejor sabiduría y siempre te da la información en el tiempo justo y porque además, necesitaba saber si realmente Alejandro me daba el valor que yo tenía como persona y como mujer”

Atracción si sentía y mucha, ese detalle no se me había escapado, creo que una mujer sabe esas cosas, pero, sí, le faltaba sangre en las venas. A veces pensaba que su profesión de ser demasiado cauto, no lo dejaba actuar libremente en su vida privada.

Me senté y el juez enseguida me sirvió el vino. Pidió, para la ocasión, el típico blanco de las riberas del Rhin. Estaba buenísimo con ese sabor afrutado, me deleité y me recordó a un Albariño. El vino alemán no tenía nada que envidiar al gallego, sencillamente, eran semejantes en el gusto, un regusto a uva.

Alejandro no me quitaba ojo de encima. Mi sugerente vestido de gasa negro, dejando entrever muy sutilmente mis curvas, fue el reclamo perfecto para que su vista y su ser me desearan. Y me encantaba, sí me ponía, saber que con sólo su mirada me sentía acariciada.

—Que…, que guapa estás Casandra —dijo, titubeando.
—Gracias Alejandro, lo intento —mi amigo se ponía nervioso ante mi presencia. Nunca me había pasado con otro hombre.
—¿Pe, pedimos la cena?

Me callé. No quise decirle nada de su tartamudeo para no ponerlo más nervioso, ni tampoco para no dejarlo en ridículo.

—Perfecto, me gustan las verduras que nos sirvieron hace días. Por favor, podemos pedirlas y el segundo plato elije tú.

Mientras esperábamos que nos sirvieran, observé que Alejandro no me quitaba ojo. Esas niñas en el centro del iris color avellana querían salírsele de las cuencas a través de los cristales de sus gafas. Por un momento lo miré fijamente y entonces le escuché decirme.

—Mi amor, ¿quieres más vino?
Uh!, me dije. Me llamó amor. Su coqueteo era demasiado sutil, menos mal que yo me daba cuenta de ese detalle. Ante esa insinuación quise corresponderle. Acerqué mi mano a su cara e hice como que tenía un trozo de pan en sus labios.

—¿Qué tengo? —preguntó preocupado.
—Nada Alejandro, sólo quería tocarte.

Al escuchar esas palabras, cogió mi mano y me la acarició. Por unos breves instantes me sentí halagada, pero duró poco. Cuando se dio cuenta de que se estaba dejando llevar por su corazón, me soltó la mano y sólo dijo “Vamos a cenar”.

¡No es para ponerse de los nervios!, pensé. Pero para mi pesar no podía escapar del calor de sus ojos que me miraban con deseo a través de sus gafas.

Terminamos la cena y nos fuimos a uno de los bares que se encontraban en el hotel. No salimos a recorrer la noche en esta ciudad alemana, preferimos quedarnos para hablar tranquilamente compartiendo, cómo no, una cerveza.


El teléfono de la habitación me sonó a la hora convenida. Me levanté y me duché. Tenía el tiempo justo para bajar a desayunar con Alejandro. Mientras bajaba en el ascensor, me acordé de la sobrina del juez, Sofía. La había conocido en las jornadas pasadas porque ella había asistido a las conferencias que yo había impartido sobre la Violencia de género. Se veía una muchacha vivaracha, inteligente, simpática y muy atractiva. Se encontraba en Colonia estudiando derecho y, ya a sus veinte años, cursaba el tercer año de la carrera. “Si es lo que yo digo, hay muchísimas mujeres independientes capaces de no depender de un hombre para nada”. Sofía se interesó, precisamente por las jornadas sobre la violencia de género, porque ella quería dedicarse, cuando terminara sus estudios en llevar casos sobre este tema. Y yo aposté, desde que la vi, que sería una buena defensora de ellas, su fuerza, pasión y energía eran palpables y me recordó a mí misma. “¡Ja, ja! ¿Dónde estarán esos años? El tiempo pasa muy rápido y me había amansado, aunque siempre me dije que ejercería la abogacía hasta que me muriera”

Para no perder la costumbre, cuando llegué al comedor, Alejandro y los demás colegas del congreso estaban, prácticamente terminando de desayunar. Me preparé, muy rápidamente, el yogur de fresa mezclado con los cereales y un café solo. Terminamos y fuimos hasta la universidad.

—Casandra —dijo el juez—, esta tarde cuando termine la jornada quedé con mi sobrina para cenar. No te olvides.

Alejandro era un controlador nato. Y a veces me molestaba que me dijera las cosas como si yo fuera una niña, pero no se lo tomé en cuenta.

—Muy bien, no me olvidaré. ¿A las ocho? —pregunté.
—Por supuesto, sabes que aquí en Alemania se cena temprano y luego podemos ir a…
—A bailar…—sugerí.
—¿A bailar? —preguntó él.
—Sí Alejandro, tienes que…—me callé no fuera que lo tomara a mal.
—Está bien, lo que tú digas Casandra, iremos a mover el esqueleto.

¡Yupi!, exclamé para mí como si fuera una muchacha jovencita. No es que me viera una vieja, ¡Qué va! tampoco muy joven, estaba en mis mejores años y es que las que tenemos cuarenta y tantos, todavía conservamos nuestra juventud y la vivimos con más intensidad y con una cosa a nuestro favor: la experiencia vivida.

El día pasó lento, lentísimo, quizás demasiado. Me sentía oprimida y ya notaba que necesitaba cambiar de escenario. La rutina me mataba y no era buena consejera para nadie porque te lleva por los caminos del aburrimiento.

Después de ducharme y prepararme para la cena, bajé al hall del hotel, “los demás colegas de congreso seguro que estarán esperándome” Y no me equivoqué, fui la última en llegar. Ante los aplausos y silbidos de los abogados, me sonreí y busqué con la mirada a los ojos tímidos de Alejandro a través de los cristales de sus gafas.

Siempre nombraba para mí el detalle de que tenía gafas porque lo hacía mucho más atractivo para mis ojos. Me imaginé ciertas escenas y esbocé una sonrisa socarrona. Mi diablillo malo estaba haciendo de las suyas en mi mente y yo, de vez en cuando, me dejaba llevar por esas conjeturas.

Sofía también se encontraba entre todos los ponentes. Su tío la había invitado y ella accedió. Siempre no se tiene la oportunidad de cenar entre tanto letrado junto y de diferentes países. Por fortuna me senté junto al abogado penalista berlinés. El alemán Jörg Müller vino al Congreso en representación de la Universidad Libre de Berlín, Freie Universität Berlín, una de las antiguas y genuinas del país. Me acordé de las pocas palabras que aprendí en alemán y me presenté.

—Guten abend. Mein Name ist Casandra. Wie heissen sie?
—Jörg y soy encantado de habrar españoy…

Para mi sorpresa el colega conocía y hablaba algo en castellano, aunque poco fluido. Pero lo iba a intentar porque la que no sabía, prácticamente nada hablar alemán, era yo.

—Encantada Jörg. Así que conoces mi idioma.
—Algo. Trabajé Canarias, pero fueron escasos pocos meses.
—No importa, ahora si quieres lo podemos practicar —me ofrecí.

El alemán, tengo que reconocer, era bastante atractivo. Un hombre alto y delgado, pelo rubio cubierto de canas por algunas zonas, y unos ojos muy expresivos. Siempre es lo primero que me atrae en una persona: su mirada. Y la de Jörg era limpia como el mar y azul como el cielo. Me gustó su semblante y me perdí por su océano.

—Gracias Casandra. Gusta tu nombre, tiene fuerza.
—Muchas gracias pero es un nombre cualquiera. Entonces, trabajaste en mi tierra y… ¿dónde?
—Gran Canaria.

Al oír el nombre de mi isla, el corazón me dio un brinco, debe ser que la echaba de menos.
—¡Bonita tierra! —exclamé con alegría. Pero…¿en qué parte de la isla?
—Maspalomas.

La verdad que Jörg era bastante escueto en sus respuestas. Tuve que animarlo a que hablara más. Para ello le serví más vino afrutado de las riberas del Rhin, ¡cuánto me gustaba!, para que la conversación fluyera.

—Entonces trabajaste en el sur, en Maspalomas. ¿Ejerciste la abogacía? —pregunté con extrañeza.
—No, no poder ejercerla. Fueron unos meses que trabajé relaciones públicas en hotel junto amigo.
—¡Qué interesante!

De pronto, sentí una mirada que me observaba. Era Alejandro, que desde que me senté con Jörg, no dejaba de estar pendiente de mí. El juez era muy controlador y a veces me asfixiaba. Pero seguí la conversación con el interesante colega alemán.

—Sabes —dije para cambiar de tema—, me gusta muchísimo lo poco que he visto de tu país.
—Cuando quieras ofrezco de guía. Tu poder quedarte unos días para visitar Berlín.
La proposición me gustó, sobre todo para poder conocer a la capital alemana y de paso, al atractivo alemán. ¡Sí, estaba coqueteando! Pero es que Alejandro era lento, lentísimo. A lo mejor sus gafas necesitaban estar mejor graduadas.

Cuando terminamos la cena, decidimos ir a la zona de copas, necesitaba bailar, porque el vino hacía estragos dentro de mí y porque quería liberar estrés acumulado de las jornadas pasadas. Fuimos los dos colegas que vinieron de la Universidad de Londres, Nadia y Erik; los catalanes de la Universitat Barcelona, Felicitat y Jaume; los madrileños procedentes de la Complutense, Pilar y Javier; el berlinés Jörg, él vino solo de la Universidad Libre de Berlín y los canarios, Alejandro y yo de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Sofía también nos acompañó.

Entramos en el local y creo que los alemanes se percataron de que éramos abogados. Debe ser que desprendemos la ley por los poros, y en este caso, la Ley Penal, que da más respeto. Buscamos una gran mesa. La música no era muy buena pero la compañía sí. Alejandro me seguía con la mirada todos mis movimientos. Yo actuaba con normalidad, sin embargo Jörg se sentó a mi vera y debía ser educada con el colega alemán. Conocía de sobra el tópico de que los alemanes eran muy cabezotas y lo estaba comprobando porque Jörg no se separó de mí en toda la noche.

....

Danke, por leerme...

Herzliche Grüße

Elena

José Luis -

Como llevamos tiempo sin leernos, les mando un fragmentito de "La gitanilla de Ankara":

[...]
El cibercafé de su barrio se convirtió en refugio. En paraíso, infierno y purgatorio todo en uno. Después de las dos primeras visitas (una para saber qué había sido de Miguel Palmero y otra para enviarle el correo electrónico inicial), el dueño del negocio le cogió cariño a la gitanilla. Se acostumbró a verla aparecer por allí, casi siempre con una bolsa de la compra no sabía si para aprovechar el viaje a la caverna o para disimular su presencia. La remitía a un ordenador libre, casi siempre el número trece, el último del fondo. Y le llevaba a su escritorio una bebida, casi siempre un té moruno con esencia de hierbas que a Nejla le agradaba beber a sorbos breves.
No se quedaba mucho. Lo justo para abrir la página de Hotmail, introducir su alias (perhaps_Nejla) y su clave española (gitana) y rezar para que hubiese algún mensaje, aunque fuera lacónico, del hombre que adoraba. Cuando esto ocurría, la cara de la muchacha iluminaba aquel antro de máquinas como un rayo de sol. Cuando no, se tomaba su té moro en silencio mirando parpadear la pantalla, los hombros derrotados, la sonrisa ausente.
La primera respuesta fue prometedora. Treinta líneas desde el saludo a la coda en las que Palmero le narraba, en un inglés inseguro, su odisea para regresar a casa. Hablaba del cansancio y la tristeza que había paseado por tres aeropuertos. De la sensación inasible de haber dejado atrás a little piece of soul, un pedacito de su alma. Del horror de encontrarse de nuevo con un trabajo que ya no le satisfacía. Por fortuna, las heridas de guerra, al menos las de afuera, cicatrizaban bien, Miguel quiso tranquilizarla. Y vino a despedirse con un kisses que a Neja le duró tres días en la boca. Que le hizo recordar el sabor a ternura del español, su pasión alocada, su lengua libando en la de ella igual que una abeja en un patio de flores.
Al día siguiente a esa primera carta, Nejla tenía una cena con amigas y se la pasó con la sonrisa tonta y el pensamiento extraviado. Hasta tal punto que Olenka, una inmigrante rusa propensa a enamorarse de quien no debía y a quien había conocido en uno de sus trabajos de camarera, se enojó con ella por su desinterés, Yo contándote mis problemas con Karl y tú mirándome como las vacas al tren.
La gitana reconoció que estaba distraída. Que ya no era la misma desde la última vez que se reunieron. Tal vez fuera el cansancio, la falta de sueño, los viajes en tren, la soledad. ¿La soledad?
Sí, ¿por qué había de extrañarse Olenka? A veces Nejla también se sentía sola. Cleopatra no podía cubrir todos sus huecos. Y el baile, con todo lo que le apasionaba, nada más servía para pagar el alquiler. Para eso y llenar la despensa. El alma, en cambio, no se contentaba con verduras y carne de cordero.
Olenka y Sonja, una albanesa pequeña y pizpireta que había llegado a Bremen el invierno anterior huyendo de la guerra, se quedaron perplejas ante aquella confesión. Jamás hubieran creído que Nejla necesitara más para vivir que su baile y su gata. La habían visto tantas veces rechazar a hombres de todas las raleas (incluido alguno que podía haberla retirado de los escenarios, alguno que besaba por donde ella posaba sus zapatos de baile, alguno que podría ser la panacea de todas las penurias de una inmigrante) que creían que Nejla era feminista o lesbiana o ambas cosas a un tiempo. ¿Feminista? ¿Lesbiana?
¿Sólo porque se resistía a depender de un hombre, a venderse al mejor postor? Eso era una estupidez como un caballo. Y le ofendía que sus amigas hubieran pensado algo así ni siquiera por un instante. Ocurría que había salido a escape de una aldea y de un mundo donde la mujer estaba apenas un peldaño por encima de una mula de carga, en algunos lugares se dolían más por la muerte de la bestia que de la esposa. Ocurría que tenía apego a la libertad. Ocurría que detestaba el mercadeo sentimental que había visto en tantas ocasiones con compañeras de destierro. Pero eso no implicaba que no creyera en el amor. ¿El amor?
Por supuesto que el amor. Pero no uno de esos amores baratos y babosos que muestran en el cine. Hablaba de un amor sin simulacros, sin bastardeos, sin condiciones. Entre dos personas distintas pero iguales. Soñaba con entregarse por entero a un hombre bueno, a un hombre legal. Le importaba bien poco que fuese alto o bajo, rubio o moreno, músico o tratante de cuero. Y aún menos que viviera en un palacio o no tuviera donde caerse muerto. No le importaría trabajar por los dos si hiciera falta. Pero tenía que ser alguien que la tratara como a un ser humano, no como a una mula de carga. Alguien que la mirara siempre como si fuera la primera vez y, por qué no, la besara como un acto de fe. ¿No existían hombres así?
Ella conocía a uno.
Para ser fieles a la realidad, conocía una parte de uno que le brindaba todas esas atenciones, aunque era cierto que había sido tan sólo una semana y que las circunstancias habían resultado excepcionales. ¿Qué significaba excepcionales?
Significaba que el hombre llegó a estar más cerca de la muerte que de cualquier otro lugar durante cuarenta y ocho horas. Que ella permaneció a su lado haciendo todo lo que estuvo en su mano (el recuerdo de la felación, el del sabor acre del semen de Miguel, hizo que su ánimo se alborotara). Y que aquello le confería un matiz especial al resto de la semana. Nejla era capaz de comprenderlo. Había sido, sin duda, una relación insólita, límite, pero nadie antes (y podía arriesgarse a augurar que tampoco después) la había tratado con tanta gentileza. ¿Por qué creía que no era todo un truco para llevarla a la cama?
Porque quería creerlo con todas sus fuerzas. Había pensado en ello muchas veces durante los últimos días. Había repasado como para un examen todos y cada uno de los momentos que vivió con él. Desde la primera noche, la noche española, en la que el tipo se iba a marchar antes de tiempo y se quedó petrificado en mitad de la sala nada más verla aparecer a ella. El muy bobo no supo cómo reaccionar. Quiso disimular su nerviosismo ocultándose en las sombras. Pero ella lo puso a prueba. Deliberadamente se salió de su campo de visión, mientras bailaba. Estuvo un rato jugando con él al escondite. Mantuvo su taconeo en el ángulo muerto hasta ver cuánto le duraba a Miguel su paciencia. Se dijo, Si antes de que llegue a diez el hombre reaparece será buena señal. Y estaba justo en el nueve cuando Palmero salió de su rincón con los ojos desesperados.
Entonces supo que no era como los otros. Y cuando pasearon por el frío de Bremen agarrados del brazo como los novios de antes. Y cuando la acompañó a su casa para que se duchara y ella le lanzó un beso en su terraza. Tenían que haber visto sus amigas la cara de desconcierto de Miguel. La miró con ojos de cordero degollado. A los ojos. Y, cuando ya no pudo más, cuando bajó la vista hacia el escote de su albornoz, se puso nervioso y se ruborizó. Luego, además, estaba el asunto de la cafetería, cuando las malditas camareras la maltrataron y él estuvo a pique de agarrarlas por los pelos y llevarlas al director del hotel. No. Miguel no era como los otros. Sí. Era verdad que le había propuesto que volvieran a verse la noche siguiente pero fue ella la que insistió en que viniera a casa, ella la que dio el primer paso para el romance. No él. ¿Y dónde la llevaba aquella historia?
A eso no podía responder. Era la primera vez que experimentaba una sensación así. No conseguía olvidar el miedo que sintió cuando creyó que Miguel se le moría en el zaguán de su casa. O el sentimiento de soledad que le dejó la despedida en la puerta del taxi. O la zozobra que le producía cada minuto de ausencia. ¿Y no sería, quizás, esa ausencia la verdadera dimensión de lo que ella llamaba amor?
No. Si Sonja y Olenka pretendían dar a entender que Nejla sería incapaz de mantener su amor a diario estaban muy equivocadas. Sería muy capaz. Estaba segura de que su emoción, la de ambos, era honda. Nadie la había obligado a cuidar de él mientras agonizaba. Ni a él le habían puesto una pistola en el pecho para quedarse más tiempo del debido en su apartamento. No. No tenía nada que ver con la convalecencia. Al principio tal vez fuese eso, pero Miguel Palmero pudo haber regresado a su vida a los dos días y, sin embargo, se quedó casi una semana. Y luego estaba lo del Apsati. Después de la celebración, sobre todo tras descubrir en aquel cobertizo a quienes lo habían apaleado, él pudo haberse vuelto a su hotel, tuvo motivos para haberlos denunciado, para haber pedido amparo a la policía. Y, sin embargo, no hizo nada de eso. Se quedó con ella unos días más, hizo el amor con ella como si fuese a morir al día siguiente y mintió por ella en el interrogatorio con la policía. ¿Por gratitud, quizás?
Quizás. Nejla Kulaber no era adivina, a pesar de la fama que muchos le dan a las gitanas. No era adivina. No sabría vaticinar si lo de Miguel era amor o gratitud, bastante tenía con sus propias emociones. Allí no estaban hablando de los sentimientos de Palmero sino de los de ella. Y, si lo suyo no era amor, entonces es que el amor merece poca confianza.

[...]


Saludos,
JL


Pd.: ¿Les conté que en enero regresa Ricardo Blanco? Sí El Hada ALBA ha obrado de nuevo el milagro. Posiblemente la presentemos a finales de mes. Ya les avisaré dónde y cuándo...

Elena -

Bill Evans, imprescindible, increible e inigualable...

Una vez más, el sonido ronco y sensual del saxofón hizo vibrar la sala del CICCA el pasado jueves...
Y una vez más, me enamoró...

"El hombre inquieto" me tiene inquieta, aunque "debo" alternar la lectura de la última novela de Mankell con el estudio del Código Penal...
No es lo mismo, sin embargo el color que tienen en común es el negro...

Saludos,

Elena

José Luis -

Mankell es siempre Mankell... Tengo al hombre inquieto sobre mi mesilla de noche. Cuando acabe con Black (no será pronto porque lo estoy apurando con mimo) me veré con él...

Gracias por el recordatorio de Bill Evans. Imprescindible...

Saludos,
JL

Elena -

Y... ¿qué te parece "El hombre inquieto"
??
para recomendarlo claro. Yo empecé con él y promete...
Como dice el experto de Henning Mankell.

Y ahora música. ¿A quién le gusta el saxofón?
Pues Bill Evans tocará en el CICCA...para los amantes del jazz...

Saludos,

Elena

José Luis -

Libro del mes para los(as) indecisos(as): "El otro nombre de Laura", de Benjamin Black (el otro nombre de John Banville, je). Anda al carajo los nuevos suecos (excepto, of course, Henning Mankell)...

Saludos reivindicativos,
JL

Elena -

Es verdad que el cielo está lleno de diamantes, pero en la tierra siguen brillando los que quedan...

A veces las lágrimas y las tristezas, traen esperanzas renovadas...

Siempre, después de la tempestad, se disipan las nubes y luce el sol...

Un abrazo,

Elena

Recomiendo un libro que me tiene subyugada:

Se titula "El arte de perder". Premio Azorín, 2009. Su autora una buena escritora y mejor amiga, para más señas gallega: Lola Beccaria...

José Luis -

Se nos fue Benedetti. Se nos fue el último gran Millares. Se nos fue Arozarena. Y ahora Mercedes Sosa. Se nos está llenando el cielo de diamantes. Y la tierra de lágrimas sin consuelo.

Vaya año de tristezas, mis amigas

Saludos,
JL

José Luis -

Se hace saber que el otoño es mes propicio para la confidencia... Ya sé que andan deprimidos y nostálgicos recordando las vacaciones que se fueron para no volver (al menos este año) pero hay que sobreponerse, ¿vale? Los quiero ver por aquí prontito...

Yo estoy contento. Me ha nacido estos días un personaje que me está subyugando. Se llama Isabela di Lorenzo. Y se las voy a presentar.

Saludos,
Jl

[...]

Le gustó la ironía de la anciana. Y su habitación. Comparada con la suya, la estancia de Isabela podría considerarse un palacete. No sólo por lo espaciosa sino por la decoración: muebles de época, alfombras persas, lámparas de lágrimas y cortinas de encaje ricamente bordado. Tal vez demasiado recargada para su gusto pero bonita. No se veía la cama por ninguna parte por lo que Miguel dedujo que la señora tenía una habitación doble. Al fondo, al lado de una lámpara de pie con tulipa francesa había una puerta cerrada, lo que vino a corroborar esa primera impresión.
Isabela di Lorenzo se manejaba mejor en su silla de ruedas que muchas mujeres capacitadas que Miguel había conocido en su vida. Se movía con esbeltez. Cada movimiento, lejos de resultar patético o doloroso, simulaba una danza cadenciosa. Sirvió dos medidas de Oporto en sendas copas de hermoso vidrio labrado. El color del vino se entreveraba con el cristal y le daba al bodegón un aire melancólico de pintura flamenca, de abadía. Miguel hizo amago de ayudarla pero la anciana se lo impidió con suave firmeza, Es usted mi invitado y en mi casa los invitados sólo se sientan y comen. La mujer, de pronto, se dirigió al otro lado del cuarto, a un bargueño de caoba fina con abrazaderas de marfil y sacó un plato antiguo de los de puente y paloma donde disponer los bombones. Dispuso un paño de tela fina encima. Colocó los dulces con delicadeza hasta cubrir el centro de la bandeja. Y con el primer brindis de la noche, Por una próspera vecindad, quiso saber qué cielo se había roto para que un hombre como Miguel Palmero acabase en una vieja pensión de Las Palmas.
Después de haber sufrido un interrogatorio en Bremen y la arenga paternalista de don Pedro en la oficina, la pregunta de Isabela no le resultó incómoda. La mujer, más que preguntar, afirmaba en abanico, dejando abierta la puerta a una espontánea confesión.
Miguel no sintió pudor para ponerla en antecedentes. Le reveló sus dudas en un matrimonio que hasta entonces parecía sólido y sin resquicios. Era la primera vez que Ana Belén y él habían reñido (si a lo suyo se podía llamar riña) y necesitaban aclarar sus emociones. Isabela escuchaba como nadie en el mundo. No había asomo de prejuicio en su rostro. Se limitaba a prestar atención a lo que Miguel contaba sin mover un músculo, tal que si su cara se hubiera contagiado del letargo de sus piernas, con una expresión serena y cálida a la vez. Sólo en una ocasión Palmero creyó entender una sombra en su mirada azul. Fue cuando le habló de un viaje a Bremen que lo había cambiado todo. No le hizo falta mencionar la existencia de otra mujer para que la anciana entendiera de dónde le venían las vacilaciones.
Isabela saboreó un bombón de naranja antes de interrumpirlo con un razonamiento escueto pero lúcido sobre la edad y la dicha, Es mejor darse cuenta de que uno se ha equivocado cuando aún hay tiempo de volver a ser feliz. Miguel intuyó que en aquella sentencia había un halo de lamento. Como si la mujer conociera por experiencia de lo que hablaba. Como si le hubiera ocurrido a ella lo mismo pero tarde, muy tarde, cuando ya no había modo de rectificar. Detuvo su relato ahí, en el plato de bombones, para darle a su anfitriona la oportunidad de ponerse también al día.
Y ella cogió el guante con ánimo.
Venía de una familia aristocrática italiana (su padre era descendiente directo del último Conde de Collesano, Francesco de Ventimiglia), que tuvo que exiliarse con el triunfo del fascismo. Luego de un largo y desalentador periplo por media Europa (Isabela se saltó los preliminares por no extenuar a su invitado con exceso de detalles), los di Lorenzo recalaron en la Isla con una mano delante y otra atrás como quien dice. Lo habían perdido todo.
Suele creerse que los fascistas respetan y aun se compinchan con la nobleza para mantenerse en el poder. Mentira podrida. A los fascistas sólo les interesa mandar. Hacer y deshacer a su antojo. Ni siquiera la ideología es importante si ella no reporta beneficios. De hecho, el padre de Isabela, Luca di Lorenzo, no había visto con malos ojos el resurgimiento de Benito Mussolini. Pobre iluso. Al final Il Duce acabó por matar sus esperanzas. ¿Cómo?
El sátrapa se enamoró de su villa en Trento. Igual que Franco hiciera con el Pazo de Meirás, se la apropió. Peor. Al menos Franco disimuló la rapiña con el alegato de que fue un regalo de su pueblo amado. Il Duce no amaba a su pueblo. Le importaba una higa lo que pudiera ocurrirle. Todo lo que se le antojaba lo tomaba. Y resultó que se le antojó la casa y las tierras colindantes de los di Lorenzo y se quedó con todo. Entonces, Luca se rebeló contra la usurpación. Y eso le costó el exilio.
En ese momento la mujer cerró los ojos tal que si el último pensamiento le hubiese traído un recuerdo ácido. Luego los abrió de nuevo y, sin perder la compostura, su mirada se perdió detrás de la ventana que daba a Buenos Aires. Desde allí sólo podía verse el alfeizar de las ventanas de la casa de enfrente, otro balcón y otra piedra parecidos al de la pensión. Sin embargo, Isabela estaba mucho más allá de esa imagen. Miguel no quiso interrumpir un instante a todas luces penoso y se mantuvo en silencio. Le dio por pensar en Román Argullol, otro buen tipo al que una dictadura cabrona le había jeringado la vida. Las dos historias se parecían hasta un punto que, de no haber sido tan descreído, Palmero hubiera pensado que eran una señal de algo. Se preguntó la cantidad de gente que había tenido que vivir la tragedia de ese desarraigo y se sintió afortunado. ¿Dónde se habían quedado?
Ah, sí. En la llegada a Gran Canaria de los di Lorenzo. Exacto. Ahí estaban. En el Puerto de Las Palmas, una noche de primavera de mil novecientos cuarenta y nueve. Sí, señor. El cuarenta y nueve. Eso explicaba por qué la anciana había perdido todo vestigio de su acento trentino. Llevaba sesenta años fuera de Italia, qué acento aguanta tan tremendo exilio. Isabela recordaba aquella noche como si fuera el mediodía anterior. Hacía calor. Había calima. La ciudad apenas se veía entre una nube de polvo rojizo y asfixiante. En la cubierta del barco su padre se cubría la cara con un pañuelo de seda azul celeste. Seguramente, agarró la calima de excusa para ocultar su llanto de emoción. Su hermano Antonio, que apenas llegaba a la barandilla, preguntó con su ingenuidad intacta si se iban a quedar a vivir en el desierto. Pero cuando el barco tocó tierra y vieron que, detrás de la polvareda, había una ciudad diferente y gente afable y hasta una fábrica de hielo, los tres comprendieron que estaban llegando a la que sería su patria y su hogar a partir de entonces.
[...]

José Luis -

Lo del título, Cristina, es complicado porque ahora toca negociarlo con la editorial. Es una trama de mafia rusa y crímenes. El título original era "Un rastro de sirena" pero no sé yo si al final quedará.

Saludos,
JL

Cristina -

¿Y el título se puede saber? Por ir abriendo boca lo digo.
O al menos alguna pistilla asi, en primicia :)

José Luis -

Feliz vuelta al cole a todo el mundo. Espero que hayan disfrutado del verano como se merece. No se apuren por los tres kilos que hemos cogido y por habernos desperrado sin saber cómo (mala época para ahorrar y adelgazar, ya saben). Pronto habremos recuperado la forma.

Les adelanto una noticia. Acabo de hablar con mi editora y la cuarta entrega de Ricardo Blanco ya está en marcha. En enero sale. Ya les iré informando.

Saludos,
JL

José Luis -

Cómo se nota el bochorno y el sopor agosteño. Anda todo el mundo ligeramente apapayado (es igual que aplatanado pero en versión tropical, je). Hasta las noticias que dan los periódicos tienen un ligero tufo a no-sé-qué-escribir-pero-no-me-queda-otro-remedio-si-no-me-echan-de-este-puñetero-trabajo.

Espero que, al menos, la playa esté rica, el gin-tonic sea de marca y el libro en la hamaca (del hamaquero no hablo, que luego me toman por la palabra y la tenemos liada) valga la pena. Yo he vuelto a mis terrazas y mis paseos por LP, que ahora parece una prisionera de guerra con tanto socavón (socabrón, que diría mi abuelo Elías) que le han hecho. Si son capaces de salvar los baches, anímense a pasear, que las noches están frescas.

Saludos,
JL

Elena -

Hola a todos y a todas.

Parece que se asoman emociones y eso me gusta. Les voy a confesar una.

Hace unos días, después de compartir una tarde literaria muy linda con Casandra, (Casandra es una abogada penalista protagonista de la novela que ahora estoy escribiendo), decidí, a eso de las cuatro de la tarde, meterme en el cine Monopol para ver “El vuelo del Guirre”. Sencillamente me encantó. Me encontré en casa porque la película está hecha, a caballo, entre Tenerife y Gran Canaria…

Me emocioné mucho y dejé escapar a mis lágrimas traviesas. La intimidad, estaba sola y prácticamente no había nadie en la sala, fueron un escenario muy propicio.

Cuando salí y pensé en lo ocurrido, me alegré porque descubrí que mi corazón no está congelado.


Saludos,

Elena

Cristina -

Te entiendo perfectamente, me pasó lo mismo cuando fuimos a ver Wall-e. Aún no he logrado entender como el dibujo de un robot me pudo parecer la cosa mas bonita y dulce del mundo durante la hora y pico que dura la película.
Confieso que aún lo miro con cariño cuando me lo encuentro en las tiendas... pero solo cuando nadie me ve.... por supuesto.

José Luis -

No hay por qué darlas... Para eso está este blog, para compartir letras y emociones.

Una emoción que quiero compartir. El viernes fui a ver UP con mi hijo Carlos. A él no sé aún si le gustó pero las lágrimas me las bebí yo, ja. Aún tengo que decidir si es una peli para niños pero se las recomiendo para una tarde en blanco. Tiene su aquel.

Saludos,
JL

Cristina -

Gracias :)

Anónimo -

¡Chaf!
No estoy en una terraza leyendo y me cae un chaparrón...pues vaya verano,...
Bueno, así ahora en casa paseo por este blog ...me gustan todos los comentarios,..espero que esta tarde se hayan secado las sillas y vuelva a leer al fresco...

José Luis -

No lo dejaré. En lugar de eso, voy a presentarles un poco más a la gitanilla de Ankara para que se hagan una composición de lugar...


[...]

Esa noche le costó dormir. Echaba de menos el cuerpo del español a su lado. Acariciaba las sábanas en el lugar donde se habían querido y hallaba sólo un vacío helado que la acongojaba. ¿Qué estaría haciendo Miguel ahora? ¿Dormiría, feliz, junto a su esposa? ¿La abrazaría? ¿Se acurrucaría contra el pecho de esa mujer sin rostro como había hecho con Nejla? No estaba segura de que tuviera sentido averiguar la dirección de Palmero. Ignoraba a dónde la llevaría esa deriva loca y cuánto dolor le causaría.
Porque, desde el principio, Nejla fue consciente de que era la otra. Si no lo hubiera descubierto durante sus noches febriles, lo habría sabido por el anillo en el anular. Por la forma tímida en que la miraba. Por la delicadeza, casi el pudor con la que la trató siempre. Estaba casado. La excusa de que tal vez no fuera feliz no le servía de mucho. Por supuesto que no lo era. De haberlo sido, jamás se hubiera arrojado en los brazos de Nejla con aquella pasión. Le había dado la sensación, también, de que Miguel se entregaba a ella con toda su alma. De que le hacía el amor sin ataduras, de una manera en que no podía o no sabía hacérselo a su mujer. A la madre de sus hijos era incapaz de amarla con esa fiereza de animal en celo.
El viernes llovió. Como un mal augurio, amaneció un cielo plomizo y un aire gélido. Pero eso no impidió a Nejla acudir al encuentro del traductor. Si lo demoraba hasta la semana siguiente quizás se arrepintiera. Tenía que ser entonces o nunca. Y la lluvia, qué demonios, sólo era agua. A pesar del tiempo prefirió caminar, así podría ir pensando lo que le iba a decir a Argullol, cómo afrontaría la conversación, qué palabras usaría para que no la traicionaran las emociones. El trayecto a Domsheide le iba a tomar una hora lo hiciera en metro, en tranvía o andando, pero Nejla pensaba mejor a pie. Si hubiera podido ir bailando habría alcanzado el cielo pero no era cuestión con aquella lluvia chinchosa y el empedrado resbaladizo. El sonido de sus pasos sobre los adoquines le serviría de bálsamo, de temporizador, como el metrónomo de un pianista novato.
Anduvo despacio, atenta a dónde pisaba y a dónde apuntaba con el paraguas. Nunca se había acostumbrado a caminar en días como aquel. Envidiaba la soltura con la que los alemanes manejaban el paraguas y la lluvia. Eso sí que era una coreografía, una danza ensamblada y armoniosa en la que se cruzaban por la calle las telas oscuras y las varillas metálicas, como en un musical. Ella, en cambio, tenía que bajarse de la acera o subirse al escalón de un portal más de una vez a fin de no dejar tuerto a otro peregrino. En los días de lluvia prefería los parques y las avenidas desiertas.
Tardó algo más de una hora en llegar a Schnoor y otra media en encontrar el restaurante del que había hablado Brinkmann. Casa Varela era un localito penumbroso con paredes alicatadas hasta el techo sobre las que podían verse las lágrimas de aceite rancio que el tiempo había ido macerando. Tenía una puerta de madera con una campanilla chivata y veinte mesas pequeñas, cubiertas con manteles de tela azul y blanco, tan juntas que era imposible mantener una conversación privada. Lo regentaba un matrimonio chileno (ella, en los fogones; él, en la barra) y su hijo mayor. A esa hora estaba medio vacío: un hombre y una mujer compartían recuerdos con dos adolescentes; dos obreros de una fábrica cercana, sus monos de trabajo tintados de polvo y grasa, hablaban de fútbol con el dueño del restaurante; una muchacha con cara de lástima no sabía dónde mirar para que no se le delatara la soledad; un viejo que sorbía la sopa de verduras hojeaba el periódico de la mañana.
Sólo los obreros se fijaron en Nejla cuando entró. El más joven le hizo una seña a su compañero y éste se dio la vuelta, descarado. Más que mirarla, la radiografió. La gitana no se dio por aludida, acostumbrada ya a aquel tipo de recibimientos. Buscó una mesa libre junto a la entrada. Se sentó. Y esperó a que un camarero canoso y parlanchín le cantara el menú. No tenía hambre pero tampoco podía pedir sólo un café sin despertar recelos. Con la ensalada verde y en el entrecot sin guarnición iría de sobra. De beber, una copa de vino.
Comió con parsimonia, masticando sin prisa cada bocado y cada pensamiento. La campanilla de la puerta sonó hasta cuatro veces en lo que ella almorzaba. Vio llegar a una pareja de sesentones del brazo. A un grupo de chicas que parecían escapadas de un futbolín (chiquitas, las piernas robustas, el mismo corte de pelo, un uniforme verde que daba grima). A una mujer mayor que se ayudaba al andar de un bastón de palo rojo. Y, por último, a un padre con su hijo de no más de cuatro años al que llamaba Carlos y no paraba de trastear entre sus piernas. A la hora del postre ya estaba Nejla tan desanimada que calibraba la opción de tirar la toalla, pedir la cuenta y olvidarse de todo. Pero en ese instante el camarero canoso y el hijo de los Varela (se parecía al hombre de la barra en los labios pulposos, la nariz aguileña y un mechón rebelde y negro sobre la frente) se dirigieron a la pareja de sesentones con bulliciosa marcialidad y una bandeja con una botella y dos copas de champán. Por lo que la gitana pudo entender, estaban celebrando su décimo aniversario. El resto de los comensales aplaudió el cortejo solemne y brindó con los esposos por su dicha.
El marido agradeció los aplausos igual que un actor de vodevil: se levantó, hizo una reverencia exagerada, besó la mano a su esposa y alzó la copa para dirigir unas palabras a unos parroquianos con los que llevaba casi tanto como con su mujer. El discurso fue breve, emotivo y en dos idiomas salteados con igual soltura. Agradeció, en alemán, a su esposa Maritta esos maravillosos años que habían compartido, no siempre de rosas. Y, en español, a la ciudad de Bremen por haberlo acogido con tanto cariño. Al acabar, regresaron los aplausos y el anciano que poco antes leía el periódico le gritó, Bravo, Román. Y Nejla estuvo a punto de atragantarse con el café.
No se atrevió a abordarlos en la fiesta. Le pareció indecoroso irrumpir en su celebración. Los dejó almorzar tranquilos, recibir los parabienes de sus cofrades, dejarse convidar por los Varela a esa comida, No faltaba más; después de tanto tiempo entre nosotros, ustedes ya son de la familia. Pagó la cuenta, se despidió de los camareros y del dueño y se marchó. Frente al restaurante había una parada de tranvía con un banquillo de metal y una marquesina acogedora en tardes como aquella. Nejla decidió sentarse a esperar a que el intérprete y su mujer terminaran.
En el entreacto dejó de llover.
Román y Maritta salieron de Casa Varela exaltados, felices, cogidos de la mano. La gitana no pudo evitar un resquemor de envidia al recordar sus días de dicha con Miguel Palmero. Enfilaron hacia el sur con decisión. Durante unos minutos Nejla los siguió diez metros por detrás en puro fingimiento: se detenía ante los escaparates cuando ellos ralentizaban el paso; se agachaba y fingía anudarse los cordones de las botas cuando los Argullol paraban en alguna tienda. Era la primera vez que oficiaba de espía y no se sentía cómoda. Le remordía la conciencia. No podía continuar con aquella farsa mucho más tiempo. Por suerte, en la siguiente manzana la pareja se separó. Supo después que la mujer tenía que regresar a la clínica, sólo le habían dado dos horas para celebrar su aniversario, tampoco era para tanto diez años de matrimonio. Maritta torció entonces a la derecha al llegar a una plazuela y Román siguió de largo y la cruzó. Era el momento que estaba buscando.
El porteño no se sorprendió cuando Nejla le hizo una seña. Tal vez la confundiera con una compatriota a quien en otro tiempo le había servido de intérprete. No era infrecuente que lo reconocieran por la calle. Había perdido la cuenta de los detenidos a quienes había asistido en comisaría y Nejla, con ese pelo negro y crespo, ese alemán desgarbado, esa espontaneidad, podía pasar por cualquiera de las cincuenta o sesenta inmigrantes latinas que había conocido en su trabajo. Sin embargo, su insistencia en que se sentaran en un banco y el hecho de que no cambiara al español enseguida lo hicieron titubear. ¿Qué podía querer de él una muchacha como ésa?
─Quiero hacerle una pregunta.
─Bueno. Si es sólo una y sé la respuesta…
─Primero, deje que me presente. Mi nombre es Nejla.
─El mío Román.
─Lo sé. Compartimos un… amigo común.
─¿De verdad?
─Sí. Miguel Palmero.
─Ah, carajo. Usted debe de ser su pasión turca.
─Pasión no sé, pero turca sí que soy.
A Román Argullol se le olvidó la prisa. Pudo más la curiosidad de conocer la otra mitad de aquella historia de amor que cualquier otra cosa que tuviera que hacer esa tarde. Maritta le había confiado la cena, cierto, pero ella llegaba a las nueve y media a casa y la ensalada de arroz se hacía en un santiamén.
Le cayó en gracia la muchacha. Y por el mismo precio se sintió culpable de haberle inoculado el virus de la duda a Palmero cuando le habló de las gitanas interesadas y traicioneras. Ella no era nada de eso. Argullol se preciaba de conocer bien a la gente. Llevaba muchos años tratando con todo tipo de personas. En la cárcel y fuera de la cárcel. En su país y en el extranjero. A solas y en manada. Sabía cómo se comportaban en situaciones límite, luego de perderlo todo, cuando la esperanza era sólo una palabra hueca. Conocía bien la naturaleza humana de tanto leer en los labios, de tanto llenar vacíos en mitad de palabras que quemaban, de tanto traducir emociones y rabias a otra lengua.
A Nejla no la movía el interés, sobre eso ponía la mano en el fuego. No iba detrás del dinero ni de la posición de Miguel. Se veía preocupada por el español. Necesitaba saber qué había sido de él, cómo lo había tratado la policía, qué soluciones le había ofrecido el consulado y si había podido retornar a su patria (lo de la patria lo dijo con tristeza; le dolía no pertenecer a ese mundo) sin más contrariedades. Lo quería. Eso no lo confesó, por supuesto, pero se le notaba en cada gesto. Lo quería y quería que fuese feliz allá donde estuviese. Había soñado con él hacía dos noches. En su sueño, Miguel estaba en apuros. Oía su voz, llamándola, en una ciudad extraña, llena de gente que hablaba otro idioma, por calles que jamás había visto. Oía su voz pero por más que corría entre desconocidos, por más que giraba esquinas y rodeaba plazas y cruzaba puentes, no lograba encontrarlo. Por eso estaba allí, sentada en aquel banco con Román Argullol, haciéndole perder su tiempo, molestándolo quizás.
No. Molestándolo nunca. Para él era un placer hablar con Nejla. Por su tiempo no debía preocuparse. Tenía para dar y regalar. Ocupaba sus días esperando una llamada para asistir a algún interrogatorio y eso solía ocurrir tres o cuatro veces a la semana. El resto de su vida se la pasaba cuidando de Maritta y de la casa. A cualquier otro le hubiese resultado insoportable e, incluso, innoble. A él, en cambio, le gustaba. Sí. Como lo oía. Ya había demostrado todo lo que debía demostrar como para andar con zarandajas de hombría mal entendida. Le gustaba cuidar de su mujer. Hacer la compra y la comida. Tener la mesa puesta cuando ella regresaba de trabajar. El tiempo, pues, no era un problema para Román Argullol. Hasta había empezado a escribir una novela, una especie de memorias. No para editarlas, sino para su hija. ¿Sabía Nejla Kulaber que Román tenía una hija?
Claro que no, cómo iba a saberlo. Pues la tenía. Se llamaba Laura. No la veía desde hacía veinte años, debía de ser toda una mujer ya. Pero pensaba en ella mucho, últimamente más: sería que se estaba volviendo viejo. Para esa hija que apenas conocía estaba escribiendo sus memorias. Era su legado. Ya sabía que no significaba mucho, que menuda porquería de herencia, que Laura hubiera preferido tenerlo todo ese tiempo a él y no su birria de libro. Pero allí le explicaba las razones de su huída, su historia sin mentiras ni caretas, una historia tan sincera y cruda que dolía, de ahí que lo escribiese tan poco a poco. Así que Nejla no debía preocuparse por su tiempo. ¿Y Miguel?
Ah, caramba, qué gil. Ella no estaba interesada en las miserias de un viejo porteño. Debía de perdonarlo. Era la emoción. Que no creyera Nejla Kulaber que el argentino le contaba su vida a la primera desconocida que lo abordaba en plena calle. No. Pero ocurría que él no la miraba como a una desconocida. Ocurría, ya lo había dicho, que se hacía viejo. Que estaba emocionado. Que la turca le caía bien. Que, a veces, sentía la necesidad de explicarse, de justificarse más bien ante sí mismo, por los errores del pasado. Nejla tenía la edad de su hija y le gustaría contarle tantas cosas. Debía de perdonarle esa bulimia loca de emociones. Pero de lo que ella quería hablar era de su hombre.
Y su hombre estaba bien, todo lo bien que podía esperarse de quien había vivido la experiencia de rozar el cielo para luego regresar a la tierra, así, de narices y a pelo. Había vuelto a casa con su… familia (Argullol evitó hablar de una esposa; le pareció una redundancia cruel), a su trabajo y a su vida anterior. El español le había escrito un correo electrónico hacía dos días. No decía mucho. Sólo que en el trabajo lo estaban puteando, le estaban haciendo pagar cara su semana de ausencia. Su jefe, por lo leído en el e-mail, era un perfecto cabrón. De hecho, Miguel estaba meditando seriamente cambiar de aires. No. No sabía qué significaba eso pero así lo había escrito él, Román, ando tan jodido que estoy meditando seriamente cambiar de aires. ¿Podía hacerle llegar una nota de Nejla?
Podía. Pero no lo iba a hacer. ¿Por qué?
Porque ya era tarde para ejercer de celestina. Eso lo hubiera hecho hacía dos semanas si ellos no se hubieran conocido antes. Lo hubiera hecho, además, con gusto: aquí Nejla, la gitanilla de Ankara; aquí, Miguel, caballero español, el último romántico; y que viva el amor libre y sin banderas. Pero ahora no tenía mucho sentido. Así que nada de notas. Le iba a dar a Nejla la dirección de Palmero y ella ya sabría qué hacer. ¿Y si a Miguel no le parecía bien?
Eso no ocurriría. Argullol no era adivino, pero había visto la cara del español cuando hablaba de su pasión gitana. Y, lo que es más importante en esos casos, había distinguido las líneas del afecto en sus silencios. A él le parecería muy bien. Se volvería loco cuando le llegara un correo de Nejla. Ya lo estaba viendo: emocionado; nervioso; con los dedos torpes para responderle. Tenía que escribirle y, si le permitía un consejo de viejo, contarle lo que sentía. Una confidencia sincera valía un Perú en tiempos de distancia. Significaba algo que ganaba batallas, algo por lo que valía la pena pelear, algo con lo que comenzaban las revoluciones: significaba que no estaban solos. Nejla no compartía del todo su optimismo.

[...]



Saludos veraniegos,
JL

Cristina -

Solo he dicho que es de los que duelen...
No lo dejes por fa... me es familiar...
Esta bien... no lo dejes...
por fa...
Ha sido buena idea.

José Luis -

Mujer, Cristina. Dicho así me están entrando ganas de dejar la novela para otra ocasión. Aunque muy imperfecto (como su autor), qué quieres: yo le había cogido cariño al hombre. Se trataba de contar la historia de una pasión (turca, pero no a lo Gala) capaz de despelusarle las ideas a un tipo azul oscuro, casi gris...

Me apetecía cambiar de registro. Cambiar el negro por el rojo pasión. Pero no sé si ha sido bueno idea, je.

Saludos,
JL

Cristina -

Vaya peligro la gente como Miguel Palmero. De esos que parecen el tipo de hombres en los que puedes confiar. Sencillo y sin grandes expectaciones que se deja anclar por su propio miedo en una vida vacía. La gitana es tan solo una excusa buscada silenciosamente desde hace décadas (siglos... milenios..). Un subidón hormonal como excusa para un cambio de vida. Vaya peligro de persona, de ser humano... este es de los que duelen...

José Luis -

Pues bienvenido también tú, Héctor. Parece que este verano estamos repescando lectores perdidos. Me alegro tantísimo. Lo de Carla (como lo de los demás títulos) es una lucha constante con distribuidores y libreros. Pero confío en que pueda resolverse algún día y que a los escritores canarios nos traten como a los demás.
Siento la reivindicación extemporánea. Estoy muy feliz de tenerlos(as) aquí este verano.
Saludos,
JL

Héctor -

Yo también quiero unirme a María y a Cristina. Hacía tiempo que no leía un Correa y ha sido una experiencia magnífica. Estoy persiguiendo ahora "Una canción para Carla" y se me resiste en las librerías.

Agur,
Héctor

María -

Gracias por compartir todo arte. No hay palabras para describir lo que siento cuando leo algo tuyo... gracias de nuevo por dejarte encontrar.
Maripuri

José Luis -

Les dejo un fragmentito de mi gitana. Espero que les sirva pa entibiar las noches de verano...

[...]
Palmero no entendía mucho de vinos pero el que le dieron a probar en Da Rocco sabía muy bien. Era un lugar acogedor y silencioso, con música de jazz de fondo y las luces atenuadas como en una abadía románica. Román insistió en sentarse de espalda a la pared, una manía nacida en los años duros de la disidencia: siempre había que estar alerta a cualquier rostro sospechoso, hasta las estatuas eran delatores. No quiso, fuera de esa confidencia, hablar de aquellos tiempos tan putos y jodedores. Prefirió narrar la etapa europea, las tribulaciones de un gaucho fuera de la Pampa, buscando siempre lugares con puerto en los que oler el mar. Se había casado con una alemana veinte años más joven. Por la foto que le mostró parecían felices. Maritta tenía cara de niña y sonrisa ingenua. Argullol se notaba orgulloso de ella, la miraba con embeleso. Llevaban juntos nueve años y Maritta había conseguido que las pesadillas de los otros nueve, los oscuros de la prisión, desaparecieran casi por completo. Era enfermera. Esa noche trabajaba, por eso se le había ocurrido invitarlo a cenar. A él también se le hacía grande la casa sin ella dentro.
Miguel tuvo el impulso de hablarle de Nejla pero se contuvo. Su refrenamiento no tenía que ver con la desconfianza (Román le parecía un tipo honesto) sino con el pudor. Quería guardarse para sí su amor gitano. Era su secreto. No todo el mundo entendería sus emociones. Se inclinó, pues, por hablarles de sus hijos y de Ana Belén, de su trabajo gris pero seguro, de su casa en San José, uno de los barrios con más solera de la ciudad, de su vida ordenada a golpe de reloj y sedentaria, de los escasos amigos que tenía, de ese viaje a Bremen que nadie de su oficina quiso hacer y que casi le cuesta la vida. Ya. Ya sabía que, al lado de lo que había padecido Román, la paliza era una bobería, pero el porteño debía de comprender que para él había sido una experiencia brutal. Durante algunas horas se creyó muerto y, si no llega a ser por los turcos, que Alá los lleve en brazos a donde sea que vayan los musulmanes cuando mueren, no lo hubiera contado. Argullol puso cara de circunstancias. ¿Entonces era cierto que no se había ido de putas?
Qué más hubiese querido Miguel Palmero. Pero no. La paliza fue tal y como se lo había contado al policía. Y la convalecencia también. Con Dios no llegó a hablar pero la luz famosa del final del túnel sí que la vio. Su mujer estaría en un sin vivir, ¿no era cierto?
Sí que lo era. Ana Belén se había puesto en lo peor. Sin rastro de él ni de nadie que diese razón de su paradero o pidiese un rescate (el secuestro fue la primera opción que barajó la policía) comenzó a hacerse cuenta de que cabía la posibilidad de no volver a ver a su marido. Era la primera vez que se separaban tanto tiempo ellos dos. ¿Cómo la conoció?
Bueno, eso era como contarle su vida entera. Porque Miguel conservaba pocos recuerdos que no tuvieran que ver con Ana Belén. Parecían estar predestinados a estar juntos antes de nacer, como una maldición. Palmero pudo elegir otro término pero eligió ése: maldición. Y al porteño, perro viejo y olfateador, no se le escapó el detalle. Con la claridad que le daban una vida aperreada y un segundo coñac le preguntó lo que él llevaba días preguntándose, Eso está muy bien, canario, pero ¿vos la amás?
Miguel dio un sorbo largo a su copa de vino y se quedo paladeando la respuesta en la boca. Amar. Se suponía que era diferente a querer. Uno quiere con facilidad, casi forma parte de un intercambio de afectos: quiere a un hermano, a un amigo, a una mascota. Pero amar es otra cosa, ahí te puedes ver en un camino de una sola dirección. Ahí no hay peros que valgan: amar viene asociado a sin condiciones, a para siempre, a contra viento y marea. Román vino a rescatarlo del lío en que lo había metido con la pregunta, Hablo de amor, amigo, pero de algo más simple; de no entender la vida sin ella; de dolerte el estómago cuando llevas más de veinticuatro horas sin oír su voz; de buscar su olor, como un perro de presa buscaría un rastro, en cada esquina; de deseo puro y duro hablo; mirá vos, mi abuelo allá en la Patagonia solía darnos una receta para saber si estábamos enamorados de verdad; decía el viejo que había que imaginarse a la mujer en brazos de otro, besada, acariciada, follada por otro; el resto era, como te digo, una simpleza: si deseabas morirte o matar a alguien, eso era amor; si no, mero capricho.
Miguel mezcló los ingredientes y hubo de reconocer que quien le dolía no era Ana Belén. Era Nejla. Pero no tuvo claro que el abuelo Argullol estuviese en lo cierto. Quizá en la Patagonia, donde podías mirar al horizonte y no ver más que tierra y sequedad, podía valer ese principio. Pero en Las Palmas, en Bremen, en Pekín la vida bullía tan cerca de uno que era fácil confundir los celos con una indigestión. Pensar en Ana Belén en la cama de otro hombre no surtía ningún efecto porque era incapaz de suponer tal cosa: ella había estado tanto tiempo a su lado que ni para amantes le daba. Sobre la gitana, sin embargo, apenas sabía de la misa la media.
─Pero te jode imaginarla así.
─¿Perdón?
─Estás pensando en otra mujer. Quieres saber lo que sentirías y resulta que te jode, como un fierro candente, que coja con otro.
─No. Lo que me jode es no sentir lo mismo por Ana Belén. Eso es reconocer que la mía ha sido un puñetero sucedáneo de vida.
Hablaron de otras cosas. De fútbol, cómo no. De Gardel, el porteño se conocía todos sus tangos. De ciudades, Argullol quiso saber cómo era Las Palmas, si se parecía a La Habana con treinta años de por medio como había leído en algún sitio. De patria, porque un argentino se la lleva prendida del ojal allá donde vaya. De todo eso hablaron y a Miguel le vino de miedo tener la cabeza en esos asuntos, alejarse del dilema que se lo comía por las patas desde que conoció a la gitanilla de Ankara.
A veces, eso sí, regresaba a su melancolía pero Román no lo dejaba solo. Cada vez que notaba que Palmero podía hundirse en la nostalgia le echaba un cabo en forma de vieja leyenda familiar. Venía de una familia grande y llena de vicios. Para cada pecado capital, para cada día de la semana, para cada temor tenía una anécdota: un tío que se ganaba la vida cubriendo vacas con un semental cojo por media Pampa; otro que había compartido habitación en la pensión El Turco de Berisso con un inmigrante yugoslavo que, con el tiempo, se convertiría en el Mariscal Tito; otro que murió de malaria en 1934, mientras luchaba en la Guerra del Chaco, a la que se había apuntado por una apuesta. Argullol lo narraba con tanta pasión que parecía haber estado en todos esos lugares, Eso es porque la maleta de un inmigrante está llena de atardeceres, de hambrunas, de amigos salidos de debajo de las piedras que te echan una mano cuando ya nada esperás. ¿Cómo él estaba haciendo ahora con Miguel?
Eso eran macanas. No había mérito. Ya había dicho que estaba solo esa noche, que Maritta andaba laburando, que le había gustado la manera que tuvo el canario de enfrentarse al pendejo de Müller. La cosa era celebrarlo, qué más daba quién pagara la cena. Además, hacía tiempo que no hablaba en cristiano de algo que no fueran delitos o faltas, que ya se había hecho experto en leyes de inmigración. El alemán no le disgustaba porque era la lengua con la que se comunicaba con su mujer, pero tenía que reconocer que extrañaba su propio acento. Y lástima que Miguel se fuera al día siguiente, de lo contrario lo invitaría a un asado como mandan los cánones en el huerto que tenía plantado en su quintita. Palmero se lo agradeció en el alma pero ya no le quedaban disculpas para no regresar a casa. ¿Necesitaba una disculpa?
No. O quizás sí. Estaba confundido. Por un lado deseaba abrazar a sus hijos. Por otro tenía miedo de enfrentarse a la vida de antes. Le daba la impresión de que llevaba un año fuera. De que, cuando volviera, le costaría reconocer a los niños. De que ya no sabría hacer su trabajo, eso si no lo habían despedido ya por tomarse una semana de vacaciones fuera de temporada. ¿Le gustaba su trabajo?
Sí. O quizás no. Hasta entonces se creía incapaz de otro oficio que no fuera vender pólizas de seguro. Jamás se había planteado algo distinto pero, quién sabía, a lo mejor era momento de repensarlo bien. Sospechaba que su existencia ya no sería la misma. Que debería enfrentarse al espejo de adentro. Tal vez buscaría un apartamento para irse a vivir solo por un tiempo hasta que se aclararan las ideas. Ya había estado pensado en ello. Un apartamento no muy lejos de donde vivía ahora para estar cerca de sus hijos. No muy grande para no sentir demasiado el vacío. No muy oscuro para que no lo atrapara la tristeza. Cerca del mar para poder pasear de noche por la orilla y recordar. ¿A quién?
Miguel creyó el momento de confesarse al porteño. Sin nombres ni referencias que pudieran perjudicar a Nejla, se atrevió a hablarle de esa mujer por la que valía la pena mandarlo todo al garete. De una semana de gloria entre sus brazos. De la culpa y el remordimiento que lo atenazaban. De lo preciosa que era la muchacha. De su contagiosa vitalidad. De sus ojos que inspiraban confianza. De su manera de moverse por el mundo. Y otra vez del remordimiento y la culpa.
Argullol ya no pudo callarse ante la insistencia, ¿Qué carajo de culpa es ésa?; ¿de dónde viene?; de curas y meapilas que te tienen agarrado por la bolas desde chico; un asunto muy español; mirá, si no, los cubanos, que andán cogiendo todos contra todos sin importarles una vaina que el mundo se vaya a acabar, y ¿por qué?; porque el loco de Fidel lo primero que hizo cuando bajó de Sierra Maestra fue botar a los curas a la marea y resultó que ni los tiburones los querían, así que los devolvió a España a que siguieran dando lecciones morales allí; no, canario, no; no merece la pena sentir remordimiento; vos no habés matado a nadie, no habés apuñalado por la espalda a tu mujer, sólo te habés enamorado de otra o simplemente te habés encoñado de ella pero tenés todo el derecho; incluso te diría que tenés la obligación: si no lo hacés estarás traicionándote a ti mismo; ¿qué vida te darías y le darías a Ana Belén allí en tu tierra si no parás de pensar en la mujer de aquí?; eso, una vida de mierda; entonces sí que será, ¿cómo dijiste antes?, eso, un sucedáneo, un puto simulacro; llorá lo que querás pero no te sientas culpable de sentir lo que sientes. [...]

Saludos,
JL

José Luis -

Gracias a ti, Cristina, por decidirte a acompañarnos. Me alegra leer que te gustó nuestro Fabio Méndez. Espero que te animes a participar en el foro este verano, que andamos todos acalorados.

Saludos,
JL

Cristina -

Hola a todos. Me llamo Cristina, fui alumna de José Luis hace un tiempo y me acabo de leer Escena de terraza con un suicida. Gracias por ponerla en la web José Luis. Me ha gustado mucho. Con ese sabor medio tristón-melancólico que suele dejar tu obra, pero muy golosa (empiezas y no encuentras donde pararte)(tampoco ayuda la ausencia de puntos y aparte)(es broma)(bueno medio broma). De un modo u otro me encanta el transporte rápido, eficaz y silencioso que consigo siempre con tus libros,un regalo, especialmente para los que vivimos fuera. Así que, pues eso ... que muchas gracias.

María -

Hay muchos placeres que salen gratis... y te lo dice un pija teresiana. De todas formas seguiré los consejos de un "viejito" como tú y leeré (que hasta septiembre no empieza el cole)
1beso.
Maripuri

José Luis -

Gracias, María, por descubrirnos. Nunca es tarde si la dicha llega. Y las terrazas son mágicas. Sobre todo ahora que el verano en Las Palmas se hace amigo del alma.

Espero que lo pasen muy bien. Que olviden los problemas por un tiempito. Y que lean, cónchale, que sale más barato que cualquier otro placer.

Saludos.

JL

María -

Qué grata sorpresa descubrir esta web! Llevaba casi 5 años sin leer nada tuyo... parece que no es tan fácil "desenganchase" de la buenas novelas. Ya tengo lectura para superar la panzadeburro de esta ciudad.
Gracias.
Ya nos veremos (por alguna extraña razón siempre te busco en las terrazas).
Un beso

José Luis -

Gracias, Mirna, por la larga y cuidada nómina de lecturas. Ahora llega el buen tiempo de terrazas y libros. Nos encontraremos en ambos este verano.

Y no hay que olvidar el Festival de Teatro que organiza el buen amigo Antonio Lozano en Agüimes. Empieza el viernes, no se despisten...

Saludos,
JL

Mina Loy -

¡Y los tuyos coño!

Saludos, nos vemos en los bares...que tengan terraza, claro.

Mirna Loy -

ORSON SCOTT CARD "La sombra de Ender".

ALEXANDER MCCALL SMITH "La primera detective de Botsuana".

LUÍS SEPÚLVEDA "Las rosas de Atacama".

PAUL AUSTER "La noche del oráculo".

STHENDAL "Rojo y negro".

V. WOLF "Orlando".

A. CARPENTIER "Los pasos perdidos".

A. OJEDA "Flint. Crónicas de Villapalmera".

H. HESSE "El lobo estepario".

JOSÉ DONOSO "Casa de campo".

JOSÉ LEZAMA LIMA "Paradiso".
...hay taaaaaanto que leer...

José Luis -

Les propongo lectura para este verano que amenza bochornoso:

"La elegancia del erizo" de Muriel Barbery

"La hermandad de la uva" de Joe Fante

"Las cenizas de Bagdad" de Antonio Lozano


Saludos,
JL

Mirna Loy -

Llega el verano. El sol apenas le permite abrir los ojos y escudriña de este modo la ciudad. Suda por los cuatro costado y alguno más con el que no contaba. Desea llegar al bar de siempre. Hoy le parece que está más lejos que nunca, pues la avenida se alarga hasta el infinito con el calor que sale del asfalto, se refleja en las aceras y provoca ese efecto de espejismo en el horizonte.
Para colmo, este verano las calles están más desiertas, provocando el efecto de andar en el desierto, un desierto urbano. No hay tanto trajín de las salidas de trabajo, no hay tanto trabajo ya. Las terrazas no están tan llenas, no hay tanto dinero que gastar.
Lleva más de 15 minutos caminando bajo este sol que le pega la camisa al cuerpo y le abrasa la piel expuesta, y el bar no se acerca. Él tampoco parece acercarse a el.
El sudor le cae sobre los ojos cegándole aun más y empapándole el pelo y la nuca, haciéndole sentir más calor aun si cabe.
Pronto, según el reloj, siglos más tarde según su cuerpo, llega al bar.Dobla la esquina hacia la zona de terraza que queda a la sombra y ve, sobre la barandilla de la avenida, la playa. Ahí están. Toda la ciudad deLas Palmas bajo el, la sombrilla, con el bocadillo de calamares, el bronceador, en el agua, ...el ruido llega a se rensordecedor, un murmullo tántrico que lleva al éxtasis a todo aquel o aquella que pisa sobre la arena. A lo lejos para ello´, él, que siente derretirse la suela de sus zapatos a pesar de haber dejado de pisar el asfalto. Llego el verano.

José Luis -

Andamos todos(as) acabando el trabajo y calladitos. Espero que estén bien y que sigan leyendo este verano que amanece azul y luminoso...

Ya les conté que he colgado la famosa novela de la terraza. Está en otras obras con una foto un poco cutre que me robaron en Baeza. Por si no tienen libro en papel, uno virtual quizás les acompañe...

Un besos a todos(as)
JL

José Luis -

Muchas gracias, David. Por acompañarnos en el blog y por habernos presentado tu ciudad a los 7 magníficos.

Me alegra leer que disfrutaste con "Quince días..." y haberte ganado para la causa de Ricardo Blanco. Ya sabes dónde tienes tu casa.

Estaría bien lo del rincón del jazz en Arucas. Y seguro que con lo animosos y dispuestos que andan en el Ayuntamiento con las cosas culturales en algo podremos pensar.

Saludos,
JL

David -

Hola José Luis, soy David Cabrera. Tuve la suerte de acompañar a los 7 magníficos en su visita a Arucas y contarles algunos de los secretos que encierra mi ciudad. Acabo de leer "quince días de noviembre" (creo que es la primera vez que me leo un libro en menos de doce horas, contando pausas para comer, ir al baño e incluso echarme una siesta). Me ha gustado mucho, tanto que el lunes no se si ir a por más aventuras de Blanco o ver si todavía existe la casita de la fiesta de los pijos en Arucas. Podríamos usarla como garito, donde pasaran fragmentos de películas en blanco y negro de detectives, sonara música jazz en vivo, o boleros cantados von voz suave por alguien detrás de una guitarra y un buen puro. No sé, lo dejo de tu mano.
Bueno José Luis, te prometo que te seguiré leyendo, te deseo mucha suerte y poder verte de nuevo por Arucas.

Un saludo

Elena -


Y quiero añadir este trozo que está recién sacado del horno...

...
Al día siguiente me levanté más tarde que de costumbre. Me salté el ejercicio mañanero por la playa, necesitaba ser perezosa por un día. Además, antes de ir al bufete, tenía que entrevistarme en la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria con el profesor de química, José Martínez.
Atravesé la universidad desde la facultad de Ciencias Jurídicas hasta llegar a la de Química. Aparqué y me dirigí al despacho del profesor. Toqué y allí me estaba esperando. Tenía cara de bonachón, el pelo y la barba blanca, me hizo recordar a Santa Klaus.
—Pues ya dirá usted señora en que puedo ayudarla.
—Don José, antes de comenzar, quiero darle las gracias por recibirme con tanta rapidez. Sé que está muy ocupado con las clases, seminarios, cursos y demás.
—No se preocupe, para eso estamos
—Verá, el tema es que, como sabrá por la prensa, que hace semanas apareció muerto en su despacho de la Agencia, el director don Juan Carlos Fuentes. Por lo visto, según fuentes policiales, murió envenenado por una sustancia, la taxina, que procede del árbol del tejo. ¿Me podría hablar sobre esta planta?
—¿Sobre el Taxus Baccata? —preguntó con asombro.
—¿…?
—Perdóneme, pero es que me he sorprendido porque este árbol es sumamente tóxico y muy peligroso. Como ya le dije, su nombre técnico es Taxus Baccata y hay que tener mucho cuidado cuando se manipula porque…
—Me imagino —corté con precaución—, que quién lo maneje debe de conocerlo bien…
—Sí señora. La persona que empleó esta planta para envenenar al malogrado director, sabía perfectamente de las consecuencias mortales que produce su ingestión.
—¿Y dónde se puede cultivar?
—Pues es un árbol que se puede plantar en un jardín para formar setos. Su hábitat por excelencia es Cantabria, Asturias y Galicia. Fue venerado por estos pueblos en la antigüedad y formó parte de algunos de sus rituales.
—Y una pregunta que me está rondando la cabeza ¿Se podría dar en Gran Canaria?
El doctor en química y profesor se quedó meditando por unos segundos. Luego entró en su ordenador y buscó algo que le sirviera para responderme. Me miró a los ojos y por su expresión, deduje que era posible.
—Señora Casandra, el árbol del tejo es una planta que necesita una zona fresca para que se dé.
—Perfecto, pocos lugares existen en la isla con un clima así.

Agradecí la información que me había facilitado y salí del despacho. En mi mente se coló Bruno y pensé que no sabía nada de él y, qué tenía información que proporcionarle.

Al llegar a casa y cansada de tanta investigación, decidí llamarlo para verlo. Nos citamos para cenar y a mí se me apeteció vestirme muy coqueta. Llegamos al restaurante que estaba cerca de mi casa. Bruno se mostró muy atento y cariñoso y yo, al principio me hice la interesante. Siempre me había encantado sentirme cortejada y Bruno era un experto en estos menesteres. Pedimos un buen rioja, el vino me despertó instintos, que había guardado por unos días en mi famosa caja roja. El calor se apoderó de mí y, sin dejar de coquetear con él, me quité con suma delicadeza el fino pañuelo que llevaba enrollado en mi cuello. Lo dejé desnudo y noté cómo los ojos vivos de Bruno, se fijaron en mi sugerente escote. Al halago de su mirada, le correspondí con un guiño de ojos.
Nuestro juego se vio interrumpido por el camarero, que por un instante, fue testigo de todo lo que estaba aconteciendo. El resto de la velada transcurrió muy plácidamente y yo, poco a poco, me fui entregando a una aventura que necesitaba vivirla, una vez más.
Después del postre y del café, me sentía deseada por un hombre que, cada vez que me miraba, me despertaba al deseo de besarlo con pasión. Y, como mujer que siente que la sangre corre muy deprisa por sus venas, me abandoné a la pasión contenida.
Salimos del restaurante y la noche se mostraba perfecta: ninguna nube y una luna cómplice de nuestra pasión. Quizás ella jugó un papel importante porque al rato de estar paseando por el paseo, decidimos acercarnos al agua. Me descalcé y cogiendo a Bruno por la mano llegamos hasta la orilla. Dejé que el mar acariciara mis pies. El contacto con la calidez del agua, me hizo cerrar los ojos. Bruno me abrazó por detrás y me susurró palabras tiernas al oído. Poco a poco, me acomodé entre sus brazos y disfrute de ese momento mágico. Enseguida mi acompañante, sí, el hombre varonil y apasionado que vivía dentro de Bruno, salió de su escondite. Sentí sus besos abrasadores por un lateral de mi cuello. Lentos y expertos, apasionados. Mi suerte estaba echada y esa noche, para mi fortuna, gané el gordo.
Me di la vuelta, la playa estaba desierta. A lo lejos pude divisar la columna de luces bordeando y dibujando la silueta del paseo. La suave música del ir y venir del mar, me arrojó a un océano de besos y caricias compartidas. La pasión comenzó a adueñarse de mi cuerpo. No era consciente de lo que hacía, y si lo era, me importaba un pimiento demostrar lo que estaba viviendo.
De pronto, paré, lo cogí de la mano y le señalé mi casa. No hizo falta añadir nada más. Sólo nos quedaba la última carta: el as de corazones.

Entramos en mi apartamento, abrí el balcón para que entrara la brisa fresca de la noche. Puse música y sonó una canción ligeramente romántica de 2Pac “Can U Get Away”. Luego, miré a Bruno y le cogí la cara entre mis manos. Me entretuve en besarlo hasta llevarlo a la locura. Sus manos expertas acariciaban mi espalda. Me acoplé a su cuerpo ardiente. En el juego de la pasión estábamos hechos el uno para el otro y los dos lo sabíamos.
Enredados y sin dejar de meternos mano, fuimos hasta la habitación. Sólo la luz lunar inundaba la estancia. La velada no podía ser más propicia. Nuestras miradas se cruzaban una y otra vez, los ojos vivos de Bruno no dejaban de invitarme al mar desatado. Sus manos expertas me quitaron el vestido y el sujetador. Sentí el contacto de sus dedos y me estremecí. Su cara se acercó a mis pechos y su lengua se entretuvo en llevarme al cielo.
Pero Bruno siguió dándome placer. Y exploró mi más preciado secreto. Cerré los ojos y me entregué a sus caricias, a sus besos, a su sutileza. Le correspondí y nos entregamos al más enriquecedor juego que pueden hacer un hombre y una mujer.

...

Saludos,

Elena

Elena -

Hola a todos y a todas...Espero que estén bien...

Les voy a regalar con varios trozos de la novela que estoy ahora escribiendo...Cómo no, negra y llena de pasión...

...Salí del despacho y me fui a casa. Me preparé algo ligero para comer. Las nubes se habían disipado y la tarde invitaba a un baño en la playa. Me asomé al balcón y desde mi terraza pude contemplar que estaba repleta. Decidí, antes de descansar algo, bajar hasta la orilla y pasear un rato. Bajé hasta el paseo y me acerqué a saludar a Migdalia, la simpática quiosquera que trabajaba en el estanco Bruno de la plaza de Saulo Torón.
La cubana me saludó muy amablemente. Llevaba en la isla tres años y tanto ella como su familia, estaban trabajando muy duramente para reunir el dinero suficiente y poder algún día viajar y retornar, pero no a La Habana, eso era imposible, su destino era Miami, allí tenía a sus padres que la esperaban. Yo me había ofrecido en ayudarla en lo que fuera necesario.
—Señorita Casandra, ¿Qué tal está?
—Bien Migdalia y… ¿tú? ¿Parece que hoy tienes mucho trabajo, la playa está hasta los topes…?
—Y gracias a eso señorita. Mi jefe estará contento… ¿Necesita algo?
—Sí Migdalia. Dame una botella pequeña de agua sin gas.
—Tenga, ¿Va a dar un paseíto?
—Por supuesto, necesito caminar un poco que si no se me asoma la tripa…
—Señorita, no sea exagerada, usted no tiene tripa, está muy bien…
—Anda, anda Migdalia, tú siempre adulándome.
—Pero si es verdad. Aunque más lindas son las cubanas…—me dijo sonriéndose.
—Ya veo, barriendo para casa. Y hablando de todo un poco, ¿Cómo van tus papeles?
—De momento bien, creo que pronto los tendremos...Le voy a echar de menos señorita —me dijo la quiosquera poniéndose melancólica.
—Tú no te preocupes por mí y quién sabe si algún día te haré una visita por Miami…
—Estaría encantada de recibirla, faltaría más.
—Migdalia me voy —concluí— seguimos hablando en otra ocasión y acuérdate de que si me necesitas para lo que sea, ya sabes dónde vivo…
—Gracias señorita, que dios le pague con un buen novio…
—Deja a los novios en paz, Migdalia, que eso no está hecho para mí...

Y con un gesto me despedí de ella, ya que la conversación se estaba poniendo seria. Caminé hasta la orilla del mar. Me quité las cholas y puse rumbo hacía la Cicer. Al fondo observé con detenimiento El Auditorio Alfredo Kraus. Durante todo el camino me olvidé del mundo. Necesitaba estar a solas conmigo. Escondida tras las gafas de sol sólo oía de fondo el ir y venir de las olas. Aquel murmullo me daba tranquilidad. Paseé durante una hora. Llegué hasta la playa chica y luego volví tras mis pasos. Entonces, pensé en el funcionario que apareció muerto. ¿Quién querría mandarlo al otro barrio? Y lo más importante ¿Qué era tan importante que tenía Bruno para mí?


A eso de las seis de la tarde me sonó el despertador. Había descansado lo suficiente. Me desperecé y me levanté. Puse música y sin querer, sonó un bolero de Luis Miguel. Quise quitarlo para no ponerme melancólica, pero al final lo dejé sonar. Cerré los ojos y me abandoné. Volé y recordé a un Bruno lleno de vida, entusiasta y alegre. Evoqué aquellos primeros besos robados, sutiles, suaves pero llenos de sentimiento. De repente, abrí mis ojos y de ellos rodaron unas lágrimas. Aparté de mi pensamiento ese pasado y de un golpe volví a cerrar la puerta y a congelar mi corazón. “No, mi corazón no debe sentir” —me dije.
Con la mente en blanco fui hasta el baño y me duché. Al salir cambié de música. Esta vez puse algo de rock, así frenaba los sentires. Me vestí muy coqueta, ya que la ocasión lo requería. En esa época del año lucía un ligero bronceado y aproveché para sacarle partido con un escote sugerente y zapatos de tacón alto. Nada de joyas, me gustaba ser sencilla.
Al poco tiempo me sonó el timbre del telefonillo de casa. Era Bruno. Su hotel estaba a escasos cincuenta metros de mi apartamento. Bajé y anduvimos hasta el restaurante elegido, puesto que estaba muy cerca. La especialidad de El Molinet era la carne. Se nos acercó el camarero y sutilmente nos la recomendó. Le hicimos caso y la carne la acompañamos con un buen vino tinto. Al principio la conversación era fría hasta que se caldeó el ambiente. Tuve que ser yo quién rompió el silencio en relación al misterioso asunto que lo había traído a Las Palmas.
—Y dime Bruno, ¿Qué intriga tienes entre manos?
—Será una bomba Cas, y a ti, te hará famosa…
—Ya será para menos. No seas tan fantasioso, escupe que me tienes en ascuas…
—Verás Cas. Hace unos días cuando estaba tranquilamente terminando un informe de Medio Ambiente en mi oficina, me visitó una señora que al principio me resultó inquietante.
—¿Por qué? ¿Quién era…?
—Ni te lo imaginas. Aquella señora, con un talante tranquilo, preguntó directamente por mí al entrar en el periódico. La hice sentar y la atendí, aunque tengo que reconocer que andaba bastante liado y al principio no le presté atención, hasta que pronunció la ciudad de Las Palmas.
—Vaya y te acordaste de mí —afirmé con orgullo.
—Cas, no me interrumpas que se me va el hilo. Pues, como te estaba diciendo, al nombrar a esta ciudad abrí los ojos y afiné el oído. Me preguntó si me había enterado de que aquí había fallecido un alto cargo de Medio Ambiente. Le respondí que sí, ya que, era una noticia que tenía entre manos. De pronto, sacó de una maleta una gran bolsa que me entregó. Con cuidado la abrí, por si se trataba de una bomba…
—¡Joder Bruno!, una señora así darte un proyectil…
—Cas no tienes ni idea de la imaginación que tienen los terroristas, pero prosigamos, no nos desviemos de la conversación. Lo que contenía la bolsa me puso los pelos de punta. Era un gran libro gordo, un expediente. Leí en la portada: Informe emitido por el Director Ejecutivo de la Agencia de Protección del Medio Urbano y Natural, D. Juan Carlos Fuentes. La miré con cara de asombro. Aquel detalle puso alerta a mi visitante porque acto seguido me dijo quién era…
—Y dime ¿Quién era?...
—No seas impaciente Cas, pues, era ni más ni menos que doña Isabel Sánchez, su esposa…
Tragué de golpe todo el vino que tenía en la copa, necesitaba tranquilizarme.
—¿Su esposa?
—Sí, la misma y me dijo que confiaba en mí y por eso, me entregaba una copia del informe, que de alguna manera, había sido el detonante para que mataran a su marido.
Por un instante me quedé pensando en las palabras que me había dicho Bruno. Y me saltó una duda.
—Y… ¿cómo es que se dirigió directamente a ti? —pregunté recelosa.
—Yo también me hice la misma pregunta, pero ella me sacó de dudas enseguida. Resulta que su hija Raquel está haciendo prácticas en el periódico, precisamente en el departamento que yo dirijo, ya que acaba de terminar la carrera de Periodismo y sabiendo que yo viví aquí durante un tiempo y que me encanta investigar y que además, ahora estaba con un tema de Medio Ambiente, pues, no dudaron en confiar en mí.
—Entonces, ese Informe es vital para la investigación, ¿Es eso lo que me quieres decir?
—Sí Cas, así es…
De repente, Bruno se calló. No siguió explicándome. Deduje que tenía que ser bastante gordo. Entonces sugerí terminar de cenar e ir hasta su hotel para terminar con la conversación. Allí podríamos hablar más tranquilos. Así hicimos. Recorrimos el pequeño trozo que separaba el restaurante del hotel. Bruno pidió la llave en recepción y subimos. La habitación era pequeña pero coqueta. Su equipaje todavía lo tenía sin desempacar. “Ven siéntate aquí” y me señaló la cama. Luego me mostró el Informe. Yo lo hojeé por encima. La verdad es que era bastante voluminoso.
—Prosigue Bruno con tu relato…—le dije.
—Cas, este Informe es la prueba de que al funcionario lo han asesinado…
—Pues nada, si tú crees que es así, se lo entregamos a la policía y asunto concluido…
—No puedo Cas, lo prometí. Prometí que llegaría hasta el fondo de la cuestión. Además, la esposa me dijo que la policía está investigando, pero ella no se fía…
—¿De qué o de quién no se fía?
—De la poli —me contestó Bruno.
Reí a carcajada limpia pero Bruno me tapó la boca con su mano.
—Casandra no es broma. Puede haber intereses ocultos que desconocemos…
Bruno me había llamado Casandra y eso indicaba que la cosa era muy seria.
—Está bien Bruno. Mañana visitaré a mi amigo el inspector a ver qué información puedo sacarle.
—Perfecto Cas ¡esta es mi chica, eres un cielo…!
Y diciendo esto, él intentó robarme un beso, “Quieto Bruno” —le dije posando mi mano en sus labios— “Me voy a casa…..sola” —añadí.....

....A la mañana siguiente me desperté temprano. Abrí las cortinas y dejé que entrara la poca luz solar. Preparé la cafetera y mientras se hacía el café, me duché para terminar de desperezarme. Sentada en el comedor apunté en mi agenda lo que iba a hacer aquel primer día en mi investigación:”Primero iré a visitar a Tomás a ver qué me puede decir del caso del funcionario. Luego, pasaré por mi despacho y haré un par de llamadas al juzgado…”
Levanté la mirada y observé el horizonte. La playa estaba desierta a esa hora. Las barquichuelas varadas en la orilla eran las únicas protagonistas. El vaivén del mar me hizo pensar en Bruno: “Seguro que se quedará el tiempo necesario para aclarar este embrollo”. Desperté de mi letargo, me tomé mi café mañanero y me terminé de vestir. Bajé hasta el garaje y cogí el todo terreno. Conduje hasta la Comisaría en la avenida Marítima. “Espero encontrármelo”— me dije.
Después de encontrar, con mucha suerte, aparcamiento muy cerca fui hasta su despacho. “Hola Berta, buenos días. ¿Está Tomás?” —me dirigí a su secretaria— “Hola señorita Casandra, todavía no ha llegado pero me acaba de llamar y me dijo que está de camino”. “Gracias, le esperaré”.
Tomás Gómez era uno de mis mejores amigos. Cuando terminé la carrera de derecho y mientras hacía la pasantía, completé mis estudios haciendo criminología. Visité mucho la Comisaría y conocí a muchos policías, pero sin lugar a dudas, Tomás era el mejor. Él siempre me apoyó en mi comienzo. “Ya verás que serás una buena abogada” —me repetía siempre. Tanto me lo dijo, que no tuve otra opción que empeñarme en serlo.
Aunque Tomás tenía muy mal carácter, quizás agriado por todo lo que había vivido en su profesión, su corazón estaba hecho de oro. Por otro lado, vivía una vida matrimonial aburrida y se había volcado totalmente en su trabajo. Continuamente me decía y repetía: “Es que mi mujer no me quiere…”. Y tenía razón porque ella seguía con él por el dinero y lo peor de todo, es que él lo sabía. Pero mi amigo era incapaz de tomar una decisión. “No te preocupes por el abogado que yo te defiendo gratis” —le decía una y otra vez, pero él no me hacía caso.
Llegó, como siempre, de mal humor. Ni siquiera se percató de que yo lo estaba esperando.
—Buenos días Tomás” —le dije al mismo tiempo que me planté delante de él.
—¡Hola Cas! No te había visto ¿cómo estás?
—Yo bien y tú veo que algo despistado para no perder la costumbre…—le dije con un toque de humor.
—Pero mujer,…ya sabes…
—Ya, ya lo sé, pero ahora no te voy a sermonear. Verás ¿Tienes un momento?
—Para ti mi querida Casandra tengo todos los momentos que quieras, pero pasemos al despacho. ¿Te apetece algo, un café, una infusión, agua…? Porque yo si lo necesito —me indicó aburrido.
—No nada, gracias Tomás —le respondí.
Y dirigiéndose a su secretaria “Berta por favor, ya sabe, mi medicina de esta hora de la mañana…”
Me senté enfrente de él y con mucha curiosidad le pregunté.
—¿Estás enfermo?
—No mujer, lo que pasa es que el médico me ha dicho que tome el café descafeinado, ya sabes, por la tensión, y yo a eso lo llamo un agilipollado porque la verdad no sabe a nada, pero claro, delante de Berta no me gusta hablar así…
—Ya, ya sé que es bastante corta la mujer…
—Cas, qué es mi secretaria…Pero bueno, ¿Qué te trae por aquí?
Cuando me disponía a hablar, la puerta se abrió y entró Berta con el café para mi amigo. Esperé a que ella abandonara el despacho.
—Verás Tomás, necesito que me informes todo lo que sepas de la muerte de don Juan Carlos Fuentes…
Tomás me miró con cara de asombro. Noté, en su mirada fría, un resquemor, pero contuve mi mirada firme.
—Sí hombre —proseguí, sin dejarme intimidar— el funcionario de Medio Ambiente que apareció muerto en su despacho, o qué se murió así de repente…—añadí dubitativa.
—Cas, —dijo él asomando una sonrisa socarrona— nadie se muere así de repente, siempre es por algo. A ver déjame pensar… ¿Y qué quieres saber? —preguntó Tomás intrigado.
—Pues verás, me gustaría tener una copia de la autopsia…—solté la frase entera.
—¿Una copia de la autopsia? ¿Y por qué?
Tomás era perro viejo y además, me conocía muy bien.
—De momento no puedo decirte nada, pero prometo hacerlo cuando tenga algo más concreto. ¿Podrás conseguírmela?
—Casandra, lo que me pides es algo que —dijo negando con la cabeza— tú sabes que no puedo, no debo, pero —añadió— tratándose de ti, espera, haré unas llamadas…
Tomás descolgó el teléfono y marcó un número. Supuse que llamó al encargado de ese caso “Si oye soy Gómez, ¿quién practicó la autopsia del funcionario? .Gracias, nos vemos” —se despidió. Volvió a marcar. Yo estaba en silencio, no quería interrumpirle. “Pepe ¿Tú eres el forense que practicó la autopsia a don Juan Carlos Fuentes, el funcionario de Medio Ambiente? Necesito una copia. Bien lo entiendo, gracias de todas maneras”
—Lo siento Cas no puedo ayudarte…
—¿Y eso por qué?
—Porque se ha abierto una investigación y la autopsia es parte del secreto de sumario.
—Eso significa que ha sido asesinado ¿No?
Tomás me miró fijamente, comprendí que así era.
—Cas, tú que eres muy inteligente no hace falta que yo te lo ratifique…
—Entiendo y… ese Pepe ¿Es Pepe Santana el que yo conozco? —pregunté, aunque conocía la respuesta.
—El mismo —me respondió Tomás.
La contestación me abrió las puertas del cielo y me dije que hacía muchísimo tiempo que no me tomaba un café con Pepe “Creo que ha llegado el momento de hacerlo” —pensé.
¿Y no me vas a decir el por qué estás interesada en el tema? —insistió Tomás.
Obvié la pregunta y salí de su despacho. Tomás me llamó, entonces me di la vuelta y simplemente le dije “Cuando sepa algo más, cuenta con ello”....

...Llegué puntual a la terraza del Hotel Madrid. Pepe me esperaba sentado y tomándose su solitario café. Quise disimular pero enseguida me conoció, el pelo rubio no lo despistó. Y es que él era así de observador.
Cuando estuve a su vera, se levantó y me dio dos besos.
—¿Qué tal estás Casandra? —preguntó con sonrisa grande—. Hacía tiempo que no nos veíamos.
—Es verdad Pepe, tanto trabajo y apenas tenemos tiempo para ver a los amigos. Bien y ¿Y tú?
—Todo bien.
La camarera se nos acercó y pedí un cortado leche y leche. Cuando nos dejó a solas, el forense y yo, nos miramos tímidamente. Entonces, un flash se coló en mi mente y recordé nuestra primera cita. Entre nosotros, desde el principio, hubo mucha química, pero yo era muy joven, estaba haciendo prácticas en el bufete y en la policía y no era buena idea que me liara con el atractivo forense. Tímido hasta la saciedad, creo firmemente que eso era lo que más me atrajo de él. El atractivo de Pepe no residía en su aspecto físico, aunque no estaba mal, anidaba en su forma de moverse por la vida.
—¿Y ahora en que lio estás? —preguntó con curiosidad.
—Verás Pepe, a ti te lo puedo decir —dije con tranquilidad porque sabía de sobra que podía confiar en él—, estoy investigando sobre la muerte inesperada de don Juan Carlos Fuentes.
—Algo me comentó Tomás. ¿Y qué necesitas saber?
Pepe también confiaba en mí.
—¿Puedes decirme algo sobre la autopsia?
—Intentaré contártelo con palabras no muy técnicas, recuerdo que cuando trabajabas en la policía siempre me lo pedías así.
—¿Lo recuerdas? —le pregunté guiñándole un ojo.
—Sí, te recuerdo vivaracha y queriendo comerte el mundo. Y sigues igual, por eso me gustas tanto.
Le miré y le acaricié su mano. Era delgada y fina. Me gustaban. Y tengo que confesar que, todavía y a pesar del tiempo transcurrido, me sentía muy atraída por él.
—Pepe, —rompí la magia— ¿De qué murió?, ¿Cómo se encontró el cuerpo? Y lo más importante ¿Quién?
—Casandra, son muchas preguntas a la vez…pero…Bueno, en primer lugar te diré que el malogrado Juan Carlos Fuentes murió envenenado…
—¿Envenenado? La prensa dijo que fue por una parada cardiorrespiratoria.
—Sí Casandra, efectivamente eso es correcto, porque el veneno que lo mató, le produjo esa parada. A raíz de la toma de varias infusiones, que presumiblemente alguien se las suministró a propósito, le sobrevino un rosario de síntomas que la víctima padeció antes del infeliz desenlace.
—¿Qué síntomas? ¿Puedes darme alguna pista? —sonreí coquetamente.
—En algunos casos Casandra, el fallecimiento tras tomar una preparación medicinal elaborada con hojas del tejo sobreviene enseguida, ya que las toxinas se absorben muy rápidamente y no se produce ningún síntoma. Pero en el caso que nos ocupa, la víctima sufrió durante horas: náuseas, vómitos, vértigos, taquicardia y la parada cardiorrespiratoria.
—Vaya Pepe, con premeditación y alevosía…
—Sí, Casandra, así es…
—¿Y cómo sabes que fue envenenado por el tejo?
—Porque en la escena del crimen se encontraron restos de esta sustancia y además, en la ropa del director habían gotas sospechosas, que cuando se analizaron, se comprobó que contenían taxina. En la autopsia que se le practicó, se encontró en el hígado y en la sangre este componente. Además, le proporcionaron varias infusiones hechas con hojas del árbol del tejo y de té negro, para disimular el gusto.
Miré mi cortado y me pregunté que ya no se puede uno fiar de nadie. Pepe se dio cuenta de mi desconcierto y me animó.
—Tranquila Casandra. Seguro que a este hombre lo asesinaron por algo gordo, y en eso está la policía, averiguando el móvil.
—Pepe, —dije de repente mirándolo a los ojos— ¿Quién fue la persona que se lo encontró? ¿Fue realmente la señora de la limpieza?
—Tengo entendido que sí, pero sobre ese dato te sacará de dudas el inspector Tomás.
—Entonces Pepe, ahora ya sé por dónde comenzar con la investigación —sentencié convencida de lo que debía hacer.
—¿Y eso? Explícamelo, ¿Acaso sabes algo que desconozco?
—Sí, tengo en mi poder una copia fiel de un Informe que elaboró el director y creo que la clave está en él.

Nos terminamos los cafés y prolongamos la sobremesa con dos cervezas. Poco a poco, detrás de la tarde sobrevino la noche y empatamos con una tranquila cena. Mi amigo Pepe siempre era el cómplice perfecto para una cita llena de magia.
...


Saludos,
Elena


José Luis -

Ante tanto silencio, les hago un anuncio parroquial: en breve habrá una nueva pestaña informativa para dar cuenta del entrañable encuentro en "Arucas en negro" con los 7 magníficos.

Y ahora un fragmentito más de "La gitanilla de Ankara". Espero que lo disfruten:


[...]
La casa que Nejla Kulaber compartía con Cleopatra, una gata de angora elegante y altiva, estaba a veinte minutos a pie del restaurante. A Miguel Palmero le pareció, no obstante, que quizás fueran más pero la noche estaba fría y el relente los apremió. La gitana andaba igual que bailaba, con desenvoltura y brío, haciendo sonar su taconeo por el pavés como si la ciudad fuera un tablado inmenso que le pertenecía. Se agarró al brazo de Miguel a la manera antigua y allí fueron los dos tal que una pareja de enamorados (¿tendrían razón, al final, las miradas de los músicos?) que regresan del teatro.
Era un ático pequeño y coqueto con todo a mano, un breve pasillo a la izquierda y tres cuartos, uno tras otro, a la derecha: la cocina, primero, con una barra americana que daba a una solanita donde la gitana oreaba su ropa limpia; después, el baño, con un lavamanos de porcelana antigua y un plato de ducha diminuto; por último, la habitación de Nejla, con una gran cama que apenas dejaba hueco para andar y mesillas de noche de mampostería colgadas de la pared. Hasta ahí, a Miguel le pareció un apartamento como tantos otros en los que la economía de espacio obligaba a derrochar imaginación. No esperaba hallar más. Acaso un balconcito interior o una buhardilla de techo inclinado y ventanuco. Sin embargo, lo que lo esperaba al final del pasillo coronó el hechizo de gitana: un olor a lavanda y a canela, un salón anchuroso decorado al estilo cíngaro y una hermosa terraza abierta a la noche de Bremen, llena de rododendros y rosales. No se había repuesto de la impresión, cuando una sombra se removió en el sofá. Allí estaba Cleopatra, contemplándolos con indiferencia. Nejla dejó el abrigo en un gancho de metal colgado a la pared y corrió a abrazarla con regocijo. Por primera vez en su vida, Miguel Palmero sintió celos de un animal.
Hizo las presentaciones agarrando a la gata por debajo y alzándole la cabeza para que Miguel viera sus ojos azules tan preciosos. En verdad que eran lindos. Más que lindos, enigmáticos. De esos ojos que esconden las verdaderas intenciones de sus propietarios. Cuando la volvió a dejar en el sofá, Cleopatra se desperezó indolente y se marchó, sin prisa, meneando la cola, en busca de la intimidad que le negaban. Nejla se disculpó por el animal, No le hagas caso, ella es así, a veces pienso que si me muriera mañana no me echaría de menos hasta que le entrara el hambre. Y Miguel aceptó la disculpa. Pensó en sus hijos, tan zalameros e interesados como Cleopatra, aguardando su regreso, preocupados por los regalos que acostumbraba a llevarles después de cada viaje. Pensó en ellos y sintió un estremecimiento que la gitana pilló al vuelo, aunque sin descifrar de dónde le venía. Por si fuera del frío, Nejla se levantó hasta un pequeño samovar y sacó de él una botella de vidrio labrado medio llena con un licor transparente. Luego sacó un vaso de cristal verde aceituna y lo llenó hasta arriba, Esto te vendrá bien para entrar en calor, es parecido al vodka pero más fuerte, un ojuro, ¿perdón?, eso, un orujo que hacen los gitanos para la estación de las nieves; ahora voy a la ducha, no tardo nada, ya habrás visto lo muy pequeña que es mi bañera, jaja.
Se despidió de él con un beso, leve, casi imperceptible en los labios que lo dejó, sobre confuso, con querencia de Nejla el resto de la noche. Probó el licor. La muchacha se había quedado corta: estaba más que fuerte. Se le revolvió en la boca como un perro rabioso antes de precipitarse al vacío de su estómago. Mientras oía caer el agua del baño, Miguel se dedicó a observar el salón de la gitanilla. Había un cuadro enorme en mitad de la pared principal. Dos caballos, uno negro y otro argento, tiraban de una carreta de traperos. Llevaban adornos luminosos en la frente, unos rosetones de flores bordeados por un cordón de pedrería. A Miguel le llamó la atención los ojos de tristeza de las bestias. Intuyó que para un caballo gitano, acostumbrado a la libertad y mal amañado a tirar de nada que no fuera su propio instinto, andar arrastrando un carromato era un tormento. El resto de las paredes estaba cubierto con un espejo grande de marco avejentado y unas estanterías de madera oscura sobre las que apenas había libros. Todo eran figurillas y objetos de decoración que parecían añejos: cajas de distintos tamaños, candelabros, muñecas rusas pintadas a mano, un cofrecito de bronce. También una veintena de fotos de familia en las que descollaba siempre la sonrisa de Nejla.
Era un salón con vida. Todos los elementos palpitaban en una cadenciosa coreografía. Poco que ver con esas estancias vetustas llenas de muebles muertos que se van apiñando sin que nadie recuerde de dónde han salido, muebles en los que nadie se sienta, sobre los cuales nadie osa poner una taza no sea que deje cercos sobre la madera, muebles tristes. Para subrayar el calor de la sala, en el suelo, una alfombra persa combinaba los tonos rojos y los dorados con figuras geométricas. Miguel se llevó la copa verde de orujo a la terraza. Se sentó en una silla de mimbre cara a los ventanales. Dobló una pierna sobre la rodilla de la otra. Y respiró hondo. A su lado, descansaba un perchero de hierro forjado del que colgaban no menos de diez pañuelos y chales bellísimos como el que Nejla había lucido en su actuación. Miguel acarició la tela de una pashmina. Era sedosa y delicada. Igual que una extensión de la piel de la gitana. Se la acercó a la cara. La olió. La acarició con celo, como a un objeto religioso. Se avergonzó de su arrebato. Se sintió ridículo. Devolvió la pashmina a su lugar, sobre un brazo del perchero. Y se asomó al balcón, a la noche de otoño.
No la sintió llegar, tan absorto estaba en la contemplación de los tejados y las torres de Bremen, en el cielo tupido sin estrellas, en las luces de lo que parecía ser una feria al otro lado de la ciudad. No la sintió llegar pero de pronto un olor a perfume de rosas inundó el mirador. La muchacha llevaba puesta una bata tan solo y Miguel supo que tan solo cuando Nejla se agachó a coger el vaso y probar el licor gitano y su bata se abrió, dejando libre la llanura de un escote con olor a rosas, unos pezones negros, un vientre liso y moreno. La muchacha se encogió de hombros (¿fue rubor aquel gesto?) y se acomodó en el brazo de la silla, Acabas de descubrir mi tesoro más íntimo, y no hablo de mis tetas, jaja, que no son para tanto (rubor no, picardía). Miguel se disculpó con la mirada, ¿Tu tesoro? Y Nejla le perdonó con la sonrisa, Sí, mi tesoro, este sitio donde estás ahora, este rincón del mundo junto a mis rosas y mis pañuelos; a veces me acompaña Cleopatra, viene y se coloca sobre mí, ¿cómo dicen a esto?, ¿ragazo?, eso, regazo, se coloca en mi regazo, así, como adormida; y aquí pasamos mucho tiempo: pensando, recordando, soñando. Miguel se sintió a gusto, allí, al lado de la mujer más hermosa que había conocido jamás. Y se sintió con valor para cogerle la mano, para decirle despacito, apretando las palabras una a una, No me extraña que sea tu tesoro, tiene una vista magnífica y huele como debió de oler el paraíso, un lugar ideal para vivir; mira que has dicho pensar, recordar y soñar, eso es todo un tratado de filosofía: presente, pasado y futuro todo en uno...




Saludos,
JL

Mirna Loy -

´¡Uf, cómo estoy!
De anónimo nada que soy yo,...

Anónimo -

¿Cnoceon ese ecfeto que se poudrce al leer un txeto ddnoe las lratres de las prbalaas eastn dneodsrdeaas eptexco la pemrira y la úmtlia y sin egrmarbo lo etnednies?

Pues me ha pasado algo parecido con el texto de Elena, donde pone Ignacio Blázquez he leido Ricardo Blanco,...curioso, no es el mismo efecto, tampoco es la sonoridad, aunque hay cierta similitud, será la combinación de ambas, da igual, lo que importa es el efecto...

Hola después de tanto tiempo, por cierto, ...es que como están tan de moda estas sandalias con plataformas imposibles, he tardado "un poco" en lograr bajarme de ellas, ¡uf!

Pero bueno, ya estamos por aquí algun@s más.

Por cierto que lo de magua lo oí también en Portugal y muuuchas veces. Así que supongo que nos contaminamos (en el más lindo estilo Pedro Guerra) de los lusos cuando se rozaban por aquí. También escuché pachorra - no sé cómo lo escriben- y casi me derrito,...

José Luis -

Aquí les va una segunda entrega de mis amantes de Bremen.

Saludos,
JL



[...]

Nejla Kulaber simplemente se limitó a verlo llegar y a sonreírle. Ése era su nombre: Nejla Kulaber. Había nacido en Ankara el día de año nuevo del setenta y nueve. La tercera hija de un modesto comerciante de alfombras, hambrienta de destino como pocas, dotada para la danza como nadie, se había abierto camino en los bares del bulevar Ataturk hasta que le llegó el momento de abandonar su casa y buscarse la vida en el primer mundo. Al principio la cosa no pareció progresar, a peor la mejoría: anduvo deambulando en garitos de mala muerte donde la miraban todos por encima del hombro, los hombres la trataban como si fuera un trapo y las mujeres la odiaban por su descaro. Hasta que Jürgen Wiese, el fundador y el alma de Sangre y Arena, la vio actuar y la contrató para un único concierto en el Instituto Cervantes. La muchacha lo bordó. Lo hizo tan bien, tanto gustó su arrojo y su soberbia en las tablas que, a partir de entonces, ya no pudieron prescindir de la gitanilla de Ankara.
El camerino era diminuto.
El olor de Nejla se había instalado en él para quedarse. La gitana estaba secándose el sudor con una toallita color beige mientras daba caladas a un puro renegrido y sin anilla. Hablaba un castellano de indio sioux, el de las viejas películas del oeste dobladas en Panamá o en Puerto Rico, plagado de infinitivos y cambado. Y, aunque Nejla no hubiera sabido decir más que olé y mi arma, Miguel la hubiera adorado del mismo modo. No como a una diosa sino como a la mujer de carne y hueso que tenía delante. Porque no era su voz abisal de montaña afgana lo que lo cautivaba, sino sus gestos de arena movediza. Con un guiño instintivo, tal que si aquel cubículo fuera su salón, la cíngara lo convidó a sentarse. Aún jadeante por el esfuerzo de la actuación, le sirvió un té de menta y unas galletas secas y manidas, sabía dios desde cuándo estarían en aquella lata.
Miguel no tenía hambre pero las aceptó. El té estaba amargo y las galletas sosas, no obstante él estaba en la puerta del cielo y le supieron a gloria. Nejla no lo acompañó: se entregaba con tal pasión al baile que acababa exhausta, y necesitaba su tiempo para recobrar el resuello. No lo acompañó pero jugó a perfecta anfitriona y cruzó las manos sobre el regazo, mientras su invitado daba cuenta del tentempié a deshoras. De vez en vez la chica le sonreía y se excusaba por no tener nada más que ofrecerle. Al poco rato, uno de los guitarristas se asomó en el umbral de la puerta, hizo amago de decir algo pero se arrepintió y desapareció de nuevo por aquel laberinto de pasillos y cuartos. Quién sabía cuántas veces habría vivido una situación igual: la gitana agasajando, después de una actuación, a un espectador embelecado. Quién sabe si tendrían un código secreto para momentos así, una señal con la que comunicarse. Palmero se percató del gesto, leyó entre líneas y, sin embargo, lo pasó por alto: era consciente de que nada lograría cambiar lo que estaba experimentando. Cabía, incluso, la posibilidad de que el guitarrista fuera el amante de Nejla, su marido consentidor, impasible a los desaires de la gitana. Antes de que esos pensamientos calaran en su ánimo, la muchacha lo atrajo hacía sí y le tomó la mano, Tienes dedos de músico. Miguel sonrió, Qué va, en mi vida he sacado sonido ni a una lata de galletas como ésa, mi madre dice que nací con un oído enfrente del otro. En verdad, quien lo solía decir era Ana Belén, pero le pareció de mal gusto nombrar a su mujer a las primeras de cambio.
Si Nejla se dio cuenta de la trola no lo hizo notar. Continuó con su tarea de hacerlo sentir como en casa. Esperó a que acabara su té y siguió, con un gesto mimoso que le erizó la piel de la nuca, interpretándole la raya del amor, la de la vida, la de la fortuna. Era pura pose: la gitana sabía bien que el amor, la vida y la fortuna de Miguel Palmero se encontraban, y nunca mejor dicho, en sus manos. Sabía bien que, a partir de esa noche, podría disponer de ellos a su antojo. No supo si por lástima o por dejar que el español disfrutara de sus últimos momentos en libertad, lo dejó hablar sobre lo que lo había llevado a Bremen. Sobre su trabajo, corriente y rutinario, en la aseguradora, desde luego que era un oficio en el que se ocupaba de la salud de los demás pero no había en ello un motivo altruista o filantrópico, sino puro interés comercial: allí desconfiaban de todo; cada enfermedad, cada accidente, cada convalecencia la miraban con lupa, siempre con la idea del fraude como telón de fondo. El sueldo no daba para mucho: tal y como andaba el patio un trabajo era un trabajo, pero que no creyera Nejla que Miguel era un braguetazo. La gitana arqueó las cejas al escuchar aquella palabra y el hombre optó por traducirla, por suavizarla, no fuera que la turca la malinterpretara: el suyo, entonces, era un simple sueldito de agente de seguros.
La mujer torció el gesto. Miguel Palmero sólo sabía aún de la belleza de sus ojos, por eso no alcanzó a comprender el fondo de su mirada. A Nejla no le gustaba hablar de dinero. La habían intentado comprar tantas veces y de maneras tan deshonestas que, para ella, el dinero venía siempre asociado a un mal recuerdo. Por si fuera poco a su mejor amiga, Beria, la había vendido su padre en el mercado de Aksaray cuando sólo tenía siete años. A uno de tantos viejos asquerosos y desdentados que había visto babear de lujuria en los alrededores de las escuelas. La niña Nejla no entendió, entonces, lo terrible y repugnante de la venta pero lloró amargamente cuando a su amiguita se la llevaron lejos un viernes por la tarde y jamás regresó. Luego, con el paso del tiempo, descifró el enigma de aquel fin de semana y volvió a llorar, esta vez de pura rabia. O tal vez fuese de la vergüenza, del remordimiento de haber llevado una vida libre y, a su manera, cómoda frente a la desgraciada existencia que hubo de soportar Beria.
Miguel, aun ignorante de la tristeza que había provocado en el alma de la gitana, se excusó como pudo. No había sido su intención disgustarla, era la costumbre cuando hablaban de trabajo, siempre pensando en asientos y ganancias. Ella no respondió. No tenía ánimos para volver a su vieja culpa. Le guiñó un ojo en ademán muy claro de Te lo perdono ahora, pero no sigas por ahí si no quieres que me decepcione tan pronto. Y siguió con su puro y su toalla. El mismo tipo de antes regresó y, en un idioma que Palmero fue incapaz de reconocer, le advirtió algo a Nejla. Ella miró a Miguel y respondió con alguna broma porque el hombre les lanzó una media carcajada, se puso la chaqueta y se despidió, esta vez, en un castellano más que notable, Hasta la vista, amigo. Entonces, el resto de la tropa fue desfilando por delante del camerino de la gitanilla y saludando a los enamorados. No fue esa la palabra que emplearon pero llevaban cara de estar paladeándola, lo que a Miguel Palmero le produjo una sensación entre el orgullo y el desasosiego, ¿Se estaría metiendo en la boca del lobo?
La sonrisa de Nejla, su mirada sedante lo tranquilizó a medias. Él dejó la taza sobre la mesilla y se limpió la boca con una servilleta, ¿Y ahora qué?
─Ahora me vas a acompañar a casa, a que me dé una ducha y me cambie de ropa.
─Me parece justo. ¿Y luego?
─Luego te acompaño yo a que conozcas la noche de Bremen.
─¿Tienen noche en Bremen?
─…
─Nos dijeron que en Alemania se iban todos a dormir a las diez.
─No todo el mundo. Bremen tiene su noche, igual que todas las ciudades, supongo. Sólo hay que saber dónde buscarla.

José Luis -

Cuánto me alegra leer eso, Pilar. Anímate (anímense) a llevar algo mañana para leer, así compartimos lectura y la copa de lo que sea que nos inviten los jefes.

Saludos,
JL

Pilar -

Acabo de terminar la verdadera historia de Helena-con-hache. Preciosa.

Mil gracias por tu regalo

José Luis -

Bienvenida, Pilar. Gracias por tu presencia y tu poema. Es una noticia luminosa en una época triste. Nos hemos quedado huérfanos de poeta. Para quienes nos hicimos mayorers leyendo a Benedetti, para quienes nos enamoramos, enamoramos, reímos y lloramos, nos concienciamos, le encontramos sentido a la vida con sus versos hoy es tiempo de orfandad. Así que déjenme que comparta con ustedes esa melancolía. Esta semana pienso hacerle un homenaje con mis estudiantes. No está bien que crezcan (más) sin haber leído "Hombre preso que mira a su hijo".

Esta semana, además, hay un par de noticias mejores: el miércoles en el Rectorado de la ULPGC nos encontraremos para leer cuentos o poemas en un día de la letras especial. Anímense si están. Es abierto y pueden llevar textos propios para leer. Será a las 20.30 y, dicen, nos pondrán una copa, así brindamos juntos.

Y este fin de semana viene a "Cuasquias" el mejor guitarrista canario del momento, Yul Ballesteros. Viernes y Sábado noche, después de la hora bruja. Ya saben mi querencia por él. No es que sea mi sobrino, mi ahijado, mi amigo. Es que el cabrón es muy bueno. Si no me creen, échenle un vistazo a su página www.yulballesteros.com.

Pues eso, que nos vemos pronto.

Saludos,
JL

Pilar -

Qué duro para Ana,qué duro para Miguel...,qué horrores tan placenteros pueden ocurrir en Bremen, bueno y en cualquier ciudad como Las Palmas.


Y para y por el uruguayo que anoche, como Miguel Palmero, no intuía que le quedaban tan sólo unas pocas horas de vida conocida:


ESTA CIUDAD ES DE MENTIRA

No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que las palmeras se doblen
a acariciar la crin de los caballos
y los ojos de las putas sean tiernos
como los de una Venus de Lucas Cranach
no puede ser que el viento levante las polleras
y que todas las piernas sean lindas
y que los consejales vayan en bicicleta
del otoño al verano y viceversa.

No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que nadie sienta rubor de mi pereza
y los suspiros me entusiasmen tanto como los hurras
y pueda escupir con inocencia y alegría
no ya en el retrato sino en un señor
no puede ser que cada azotea con antenas
encuentre al fin su rayo justiciero y puntual
y los suicidas miren el abismo y se arrojen
como desde un recuerdo a una piscina.

No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
No puede ser que las brujas sonrían a quemarropa
y que mi insomnio cruja como un hueso
y el subjefe y el jefe de policía lloren
como un sauce y un cocodrilo respectivamente
no puede ser que yo esté corrigiendo las pruebas
de mi propio elogiosísimo obituario
y la ambulancia avance sin hacerse notar
y las campanas suenen sólo como campanas.

No puede ser.
Esta ciudad es de mentira.
O es de verdad
y entonces
está bien
que me encierren.



Un abrazo. Pilar

José Luis -

Como lo prometido es deuda, aquí les mando las primeras páginas de "La gitanilla de Ankara", para que quede constancia:



Si de algo se habría de arrepentir Miguel Palmero en aquel otoño crudo y sorprendente en que cambió su vida por unos ojos negros fue de no haberse despedido de sus hijos como Dios manda. Lo demás (el trabajo, la casa de la playa, Ana Belén) lo dio siempre por bien perdido. Y es que nunca los sintió del todo suyos. No le estorbaban pero convivió con ellos sin demasiado afán, sin hacerse quizás las preguntas adecuadas. Óscar y Sara, no obstante, eran su adoración, su vida. Tal vez por eso nadie supo entender su locura a destiempo, su arrebato, su atrevimiento. Ni siquiera tenía que haber estado en la convención de Bremen. No en vano, Miguel era un don nadie en la empresa, un simple empleado, una sombra. Pero tanto don Pedro como Lorenzo Noda se hicieron los suecos cuando se decidió quién iba. Y, mientras el director y el gerente miraban a otro lado, el otro lado (o sea, los demás colegas) lo miraron a él. Se compincharon para dejarle el muerto. Y, durante las largas noches alemanas, cuando le daba por pensar en todo lo ocurrido, se preguntaría, con dolor pero sin arrepentimiento, si estaba predestinado a abismarse de aquella forma ácida en el fondo de la gitana más apasionada del mundo. Si era eso, así, sin más: el destino fatal del condenado.
Fue sin querer, es caprichoso el azar.
La cosa es que, cuando el avión a Madrid se retrasó, se revolvieron en la memoria las imágenes del accidente aéreo del verano y Miguel estuvo a punto de renunciar al viaje. Entonces entendió por qué sus compañeros de trabajo se habían rajado como putas: si algún desastre había de ocurrirle a alguien, que fuera a Palmero. Y tuvo miedo. Y llamó a Ana Belén para que, como había hecho desde que se conocieron, le mostrara el camino. Y ella lo convenció de que eran aprensiones sin fundamento. ¿No llevaba esperando Miguel desde hacía tiempo la oportunidad de demostrar su valía? Pues se lo habían puesto a huevo. ¿No era cierto que se producía un accidente aéreo cada cuarto de siglo? Pues ya no tocaba hasta 2030 año arriba año abajo. ¿No decía él que necesitaba un cambio? Pues toma cambio y medio. Los dos regresaron a esa conversación meses más tarde, cuando la tragedia se cernió sobre ellos. Pero cada uno la leyó a su modo: Miguel le agradeció a su esposa haberlo animado a hacer el viaje; ella se maldijo mil veces por idiota y por crédula. El caso fue que cogió aquel vuelo. Los muchos vuelos que lo llevarían a la ruina: a Madrid, a Francfurt, a Bremen. Un día entero malgastado en aeropuertos y aviones. Para perderse luego, sin remisión, en un laberinto de pasiones turcas.
Llegó a Bremen de noche cerrada.
No hacía tanto frío como esperaba, pero tenía el cuerpo cortado como si fuera a agarrar una gripe a las que tan propenso era. En el taxi que lo llevó al Hotel Ramada, por si acaso, abrió el maletín de mano que llevaba con la ponencia que iba a presentar y sacó un bote de Ibuprofeno. Sacó una pastilla y se la tragó en seco, sin agua con la que bajarla. Santo remedio el Ibuprofeno. Lo había descubierto gracias a sus hijos. Igual que tantas otras cosas. Cada vez que la fiebre les subía a los niños, el médico les recomendaba que le dieran Dalsy, un jarabe que parecía y olía y sabía a naranja concentrada. A la media hora estaban los dos como nuevos, brincando por la casa en pijama. Ante semejante prodigio, en la siguiente ocasión que se puso malo él, se llegó a una farmacia y le preguntó a la farmacéutica si no había Dalsy para adultos. La mujer sonrió y le respondió, entre la burla y la ternura, que sí. Y así fue que se le reveló el milagro del Ibuprofeno. Miguel rememoró la escena y lo atrapó un vahído de nostalgia por Óscar y por Sara, a esas horas dormidos en su cuarto. Tan lejos. Y tan cerca.
Esa noche descansó mal. A ratos. Extrañaba su casa, sus zapatillas, su cama. El olor a moqueta viciada de la habitación le repugnaba. A las tres, desvelado, encendió la luz y se puso a releer la ponencia. A las cuatro, harto de dar vueltas en la cama, se levantó a orinar. A las cinco, insomne decidido, atacó el mueble bar y se agenció la botellita de ginebra Gordon y la del Caminante etiqueta roja. Las mezcló en un vaso bajo de cristal que encontró en el lavamanos y se las bebió a tragos secos y cortos. Sabía a demonios, claro. Como el Ibuprofeno. Pero Miguel esperaba que le hiciera efecto y lo noqueara hasta tarde. Sin embargo, a las siete se levantó a vomitar y ya no pudo volverse a dormir.
Y a las nueve, hora en que había dejado dicho en recepción que lo despertaran, sonó el teléfono. Una voz de mujer le recordó la cita en perfecto alemán o le pareció a él que era alemán y la cita lo que le gritaba la voz porque, bien pensado, podría haber sido un dialecto y podría estar diciéndole que saliera corriendo de la habitación porque el hotel ardía en llamas. Se duchó con agua tibia. Bajó al restaurante que daba a la calle. Eligió una mesa al lado de la ventana, desde donde podía ver el principio de una plaza. Desayunó algo de fruta, pan negro con mantequilla y miel y un café con leche que le supo a purgante. Cuando acabó, regresó a la habitación para lavarse los dientes y coger los bártulos. Y se tiró a la calle a caminar. Su intervención era a las cinco y cuarto, de modo que tenía casi todo el día para ver Bremen: visitó su molino; se tomó una cerveza en la terraza del Café del teatro; compró para sus hijos, en una librería antigua, la versión castellana del cuento de los músicos; y se hizo con el último periódico en español, un ABC, que quedaba en el kiosco de la estación de tren. Lo leyó mientras almorzaba en una tasca de la travesera de la iglesia. Llamó a Ana Belén para contarle lo linda que era la ciudad, el frío seco pero soportable que tenían allí, y también las ganas de volver que ya le estaban entrando. Su mujer lo mandó a la porra. Intentó animarlo, aprovecha que estás ahí y descansa, seguro que les llevan a una fiesta y, quién sabe, a lo mejor conoces a una alemana y te me vuelves loco.
Premonitoria Ana Belén.
Se equivocó en la nacionalidad pero, por lo demás, iba a arrepentirse el resto de sus días de la broma. En la convención se dieron cita un centenar de agentes de seguros como él. Tal vez igual de desabridos, quizás con una existencia igual de triste, seguro igual de somnolientos. Durante su ponencia comprendió la abulia y el desánimo que regía la vida de sus colegas. Él intentaba hablar de las nuevas posibilidades que se le abría al negocio con la expectativa de vida tan larga de los clientes. Porque cuando la gente se moría a los cincuenta o los sesenta, los seguros estaban limitados pero ahora, con la perspectiva de vivir hasta los noventa, la cosa tenía que cambiar por fuerza. De vez en cuando, miraba a su auditorio tan solo para corroborar que les importaba lo que se dice un huevo lo que les estaba contando. En un momento de la intervención estuvo a punto de soltar alguna burrada, Por eso es que las putas nunca besan, sin ir más lejos, a ver si se desperezaban. Pero se contuvo. Cuando acabó, hubo de repetir dos veces muchas gracias y carraspear fuerte para que le aplaudieran. El caso es que se le quedó tal sensación de desencanto que decidió marcharse de la sala sin escuchar a nadie más: le pareció más honesto esperar en el bar a que acabaran las sesiones que soportar las ponencias a golpe de bostezo.
En la radio sonaba Rod Stewart, The ver